Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado....

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado.

Ayudar en un altar de muertos era terapéutico para Maya después de que el profesor de Filosofía la sacara de su clase con la amenaza de otro reporte. El gatillo había sido muy injusto, pues llegó con un examen rápido de un tema que no habían visto. Ella apostó con su conocimiento como defensa. “Si yo repruebo, me deja esa calificación en el semestre; pero si lo paso, nos pone esa calificación a todo el grupo”, fueron sus palabras.

Pese a la sonrisa del docente, ella obtuvo un diez y todavía le corrigió dos errores ortográficos. La proeza fue aplaudida por todos, menos por él. La excusa para sacarla fue la alteración del orden en el aula.

Aunque en sí, la única alterada era ella. El día nublado hacía comunión con su humor turbio después de ese percance. La ausencia de su asesor, el licenciado Eric, tampoco ayudaba mucho. “¿No te da pena llevar tantos reportes? ¿Qué le pasó a la alumna ejemplar?”, resonaban en su mente las burlas del docente cuando la vio salir.

Dio un pisotón cuando un costal de aserrín casi se le rompe y muy poco de su contenido se volcó. Resopló con furia hasta que una persona la ayudó a cargarlo con cuidado.

—¡Caray, Maya! ¿Quién te hizo tanto daño?

La figura imponente de Lucas se alzaba ante ella ofreciéndole su sonrisa irónica tan común en él.

—Perdón, amigo. Es que el profesor de Ética es un idiota.

—Idiota le queda corto. Vamos, cambia esa cara. Aquí estamos para ayudar.

            Los alumnos voluntarios se habían repartido en los tres grandes altares que presentaba la escuela. El dedicado a algún maestro ilustre de la localidad, el de los exalumnos o alumnos víctimas de la violencia en el país y el de las figuras famosas de la cultura mexicana. La gran mayoría de los presentes estaban ahí para evitar las clases, mientras que algunos, diestros en las artes, aportaban al plasmar su talento.

            En el altar de los profesores estaban Kira, muchos integrantes de la Mesa del Alumnado y Gisela. En el de los alumnos, Sam, Robi y la gran mayoría de las chicas de Atletismo y voleibol hacían esfuerzo conjunto para terminarlo. Vika, Zaza y Lucas hacían equipo junto a Maya y otros estudiantes de su grado para el último, pues era el más pesado de armar.

            El sudor le escurría de a poco en la frente a Maya cuando terminó el bosquejo del tapete de aserrín. Se desentumeció los dedos de estar sujetando las tizas de colores. Al estirarse se dio cuenta del paradero de Bestia. Su amigo seguía muy de cerca a Mila, quien sujetaba un portapapeles y daba instrucciones mientras andaba. Ella se ajustó las gafas al tiempo que se acomodaba las trenzas con una cabezada y le hizo una seña al muchacho para que se agachara. «Si Yan no se hubiera cortado el pelo, vería tres trenzas ahora mismo», pensó. La Amada le señaló un montón de masa de sal y madera balsa. En breve, el muchacho ya estaba moldeando unas figuras con el material.

            La chica volteaba de vez en cuando a ver al muchacho y cuando parecía que ya había acabado, él se limpió las manos con un trapo y se disponía a irse. Fue interceptado por una chica igual de bajita que Mila quien le empezó a hacer plática.

            —Mira nada más. No pierden el tiempo —habló la Movida desde atrás de Maya.

                —¡Zaza! No te escuché.

            —Es parte de mi encanto, querida. Qué ilusa chiquilla. ¿Sí la ves? —Empezó con aire teatral—‍. Piensa que va a pescar algo con Yan. De seguro busca venturas, riesgos, memorias para relatar a sus amigas. Pobre mosca muerta. ¡Observa! Se peina distraída, balancea su peso entre las piernas, le lanza miradas seductoras y seguramente le sonríe como una boba o le hace una vocecilla ridícula. ¿Y esa falda tan corta?

            —¡Qué mala eres!

            —Así son estas doncellas, Maya. Quieren la experiencia del chico malo solo porque lo ven alto, rudo y fortísimo, pero no es así. Nuestro pobre Yan es una oveja con piel de lobo. No me corrijas, sé lo que dije. Están seguras de que Yan se las va a llevar en su motocicleta —aunque ni tenga—, a un bar de mala muerte, tal vez a tomarse un licor horrendo para después montarlas a la barra y…

            —¡Ya entendí! ¿Se le acercan mucho? —inclinó la cabeza.

            —Por lo general, no. A estas alturas ya estaría Gis espantando a estas molestas para evitarles una decepción. Tiene práctica nuestra Bella. Solo una vez se le escapó una. Pasó el riguroso filtro de Gis, engatusó a nuestro fortachón y después de muchas sandeces, le dejó el corazón roto. —‍Se sujetó el pecho y miró al cielo—. O eso dice el vulgo. No me sé toda la historia y eso me ofende como la más informada de la escuela. Desde entonces, se fija quién se le acerca a su hermanote. ¡Míralo! Aunque ahora parece más incómodo que de costumbre.

            Maya observó el notorio malestar de su amigo y de cómo intentaba escapar de la chica. Sin embargo, por el borde de su visión, alcanzó a vislumbrar una estela roja. Se movía con la lentitud y la peligrosidad de la lava. Gisela apareció en el cuadro como un incendio anunciado y sujetó de forma posesiva el antebrazo de Yan. A pesar de la distancia, se escuchó claramente su voz. “¿Quién es esta chiquilla tan adorable, mi Bestia? Está bien tierna.”, remarcó la última palabra.

            —Ya se había tardado esta cabrona —habló la Victoriosa—. ¿Qué pedo con estas morras? No han de tener ni quince y se andan fijando en el ruco de Yan.

            Gisela se desbordaba en halagos hacia la chica. Diciéndole niña, adorable, lindura y cosita mientras remarcaba que él era de su propiedad y no se le despegaba. Después de unos instantes, la pequeña desistió y se fue de ahí con cara de derrota.

            —Rob y Tomi podrán ser los mejores bateadores —comentó Lucas que también estaba de chismoso—, pero Gisela no les envidia nada a la hora de abanicar.

            —Así de culera llega a ser Gisela y al chile qué bueno —sentenció Vika.

            —No sé cómo a él se las tienen que espantar, si yo también estoy guapo.

            —Sí, claro —masculló y volteó a ver a su amigo para después entornar los ojos. Abrió un poco la boca—. ¡Ay, cabrón! Pues sí estás guapo.

            —¡Te estoy diciendo! Pero estar a la sombra de Yan me quita protagonismo. Espero que no vaya a la misma uni que yo. Me cae bien, pero no me deja brillar.

 

Era media tarde cuando se dio por terminado el montaje de los altares y se anunció que autoridades educativas visitarían la escuela para verlos. Maya vestía un suéter holgado de botones y se acercó a la ofrenda dedicada a los alumnos. Por fin pudo apreciar las figuras que Bestia esculpía. Al inspirar por el asombro, tosió con el humo del copal y se retiró un poco del sahumador. El arte que había plasmado su amigo eran varios alumnos practicando deportes. Dos chicas en voleibol, un bateador y un pitcher, dos artistas marciales y una gimnasta. El nivel de detalle la dejó atónita y perdió la noción del tiempo hasta que alguien se situó a un lado de ella.

            —Y deberías ver las figuras de Kira. Ella las hace mejor —declaró Yan con respeto.

            La chica fue al altar de los maestros sin mediar palabra y vio toda un aula tallada en madera. Estaba representado uno de los salones de la escuela y un maestro al frente de unas butacas. La imagen la enterneció y giró sobre sí misma para apreciar los tres altares que decoraban el patio de la preparatoria, al tiempo que el aroma del cempasúchil le llenaba los pulmones y las luces de las veladoras terminaban de decorar la escena.

 

El Aquelarre, los muchachos, Maya y su mejor amiga estaban reunidos cerca de la entrada, presas del aburrimiento. Una ambulancia sonó en las inmediaciones y Bella y Bestia intercambiaron miradas extrañados. El muchacho sacó su teléfono y se dirigió al acceso para revisar. Regresó al poco rato tranquilizando al grupo. “Es solo por protocolo. Nadie en la escuela la necesita”, explicó.

            —¿Y si ya nos abrimos? —sugirió Vika—. Ya no hay nada que hacer.

            —Podemos ir al Festival de las Ánimas —habló Zaza—. A menos que tengamos prohibido salir. —Le dedicó una mirada cargada de intención a Kira.

            —El reglamento dice que, en los días de actividades libres, podemos retirarnos en cuanto estén terminados los pendientes. Así que no hay problema alguno.

            —Mi Reina nunca me decepciona. Podemos ir a ver a la mamá de Mila antes de ir al festival.

            —Gracias, en serio gracias —contestó la Amada—. Tengo mucho para contarle. ¡Vamos, vamos!

            Maya siguió al grupo. «En tres años que llevo ayudando a Mila, nunca he visto a su mamá. Sam tenía razón, era una egoísta», se reprendió.

 

Cuando los jóvenes llegaron al lugar, el cielo ya se acercaba a los tonos violetas y azules. El perfume floral estaba muy presente y Mila iba a la cabeza de la comitiva. La chica se hincó frente a su madre para presentarle respetos y empezar a arreglar todo frente a ella.

            —Buenas tardes, mamá —dijo con dulzura—. ¡Qué semestre tuvimos en la escuela! ¡Qué semestre! Me volvieron a elegir para el Comité de Eventos. Ya lo hago mejor cada vez. Todo lo que me enseñaste me ha servido mucho pero mucho. Recuerdo que me molesté cuando Gis me nominó al principio, pero nunca me dejó sola. Mis otras amigas también son un amor. ¿Te acuerdas que te platiqué de ellas? Seguro que sí, sí. Además, Maya, la mejor de la escuela, ahora es mi amiga de verdad. Y con ella se nos juntó Samantha. Son muy lindas. Y Bestia sigue pareciendo un tipo grandote y rudo, aunque siempre me ha conmovido. Solo que no se lo digo para cuidar su imagen. Nunca deja a la gente desamparada. Oye, mamá, ¿te molesta si rezamos? Pero tal vez ya lo hiciste con papá y comieron algo. “De la misa a la mesa no se reza”. O algo así decía mi padrino. Pero te voy a cantar. Sí, mejor cantar.

            La Amada recortaba tallos, limpiaba los floreros, pulía el marco con la foto de su madre mientras empezó a entonar La Martiniana.

            El veintiocho de octubre se suele conmemorar a los que perecieron en accidentes, pero debido a las ocupaciones de la chica y todas sus amigas, no pudieron asistir a visitar a su mamá. Todos estaban a una distancia respetuosa de aquel encuentro.

            Maya tenía un nudo en la garganta. Inclinó la cabeza un poco para que las lágrimas no fueran visibles.

            —¿Cuándo pasó? —musitó.

            —Cuando íbamos a entrar a preparatoria —explicó Gisela—. Venía en la troca luego de vender en el mercado y un conductor la embistió de frente. Se nos fue al instante.

            —Nunca supe si te gustaba mi voz, mamá —dijo Mila al terminar de cantar—. Aunque de seguro dirías que sí para no herir mis sentimientos. A lo mejor piensas que soy repetitiva, muy repetitiva, pero gracias por todo lo que me enseñaste en el negocio. Sigo de pie, ¡eh! Ojalá pudieras estar aquí para darme tu abrazo. Voy a seguir bien, no te preocupes. No me esperes pronto, porque pienso vivir como me lo pediste. ¿Está bien? Aquí va otra canción.

            Terminó de preparar todo para sentarse con las piernas cruzadas. Sus amigos se reunieron con ella mientras entonaba Amor Eterno.

 

Kira y Gis se encontraban junto a la Amada ayudándole a recoger todo. Los demás estaban desperdigados por el lugar. Solo Maya observaba la escena sin saber qué decir o hacer. Fue la voz de Yan la que la sacó de su ensimismamiento.

            —Siempre he admirado mucho a Mila.

            —¿Por qué? —preguntó sin voltear a verlo.

            —Cuando le pasó esa desgracia, le dieron la noticia de mala manera, culpando a su mamá. ¡Qué tontería es culpar a la víctima! Pero Mila no se achicopaló. Ayudó a su papá y familiares a levantar el negocio. Y en su primer parcial, pese al dolor, sacó muy buenas notas. En su primer año la nombraron al puesto que tiene.

            —A pesar de todo.

            —Sí. Su día a día era un recordatorio constante de que su mamá ya no estaba. Qué valor el de ella que aprendió a caminar con la muerte tan cerca.

            La luz prácticamente se había extinguido y algunos de los faroles del panteón ya titilaban para encenderse. Por común acuerdo, estaban listos para irse. Maya dio media vuelta y se topó con Gisela de espaldas al ocaso.

            —Bonita, no creerás que vas a ir así a ver a las ánimas, ¿o sí?

Bella sacó algo de su bolsillo y la escasa luz no permitía verle el rostro, salvo por una ancha sonrisa.

Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya ...

Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya no se da cuenta. Acompañen a este joven voluble en este capítulo.

Maya había llegado antes de lo planeado al Parque de los Héroes y el asombro la dejó sin aliento por un instante. El cielo aún pintaba de naranja y rojizo, debido al cambio de horario. Lucas y don Mario le daban los últimos retoques a una jardinera. El muchacho, ancho de hombros, movió toda la herramienta, mientras se despedía de su amigo, ahora de cabellera corta.

            Los tenis tipo botín de Maya hacían que su andar fuera silencioso en ese paisaje tan cuidado. Se sentía como un hada en un bosque encantado, llenó sus pulmones con el aroma festivo del cempasúchil, mientras su vista se deleitaba con los colores de la temporada. Su cita llevaba una camisa abotonada que hacía juego con el paisaje, pues llevaba un estampado de Jack-o'-lantern. No se había dado cuenta de su presencia y cuando lo saludó, dio un ligero respingo.

Él la guio con cuidado hasta la jardinera que se acababa de arreglar. Ahí se podía apreciar una manta a cuadros, una cesta de mimbre y una mochila oscura. Sintió la suavidad de la hierba recién cortada cuando se sentó y, si su nariz no la engañaba, había bocadillos dulces y salados en la canasta. Miró alrededor y había muy pocas personas en el resto del parque. El contorno de arbustos daba la suficiente privacidad. Estaba tan ensoñada que la pregunta más obvia no la había formulado.

            —¿Qué hacemos aquí? ¿Es un picnic nocturno?

            —No, Princesita, vamos a ver el cielo. Hoy, veintiocho de octubre, se unen Ares y Artemisa en el cielo.

            —¿Qué? —se rio.

            —Lo leí así en un libro. Hoy es la conjunción de Marte y la Luna.

            La chica entendió enseguida lo que le había dicho temprano ese día. Observó la mochila que estaba entre los dos.

            —¿Y ese es un telescopio?

            —Es una cámara. Le vamos a tomar fotos.

            El muchacho le indicó a su amiga a dónde mirar. La Luna flotaba baja sobre el horizonte, mostrando apenas un resquicio luminoso. Un poco más abajo, el punto rojo y fijo era Marte, que la acompañaba sin titilar. Ambos sabían cómo manipular la cámara por sus clases de arte y se pusieron de pie para plasmar eternamente la conjunción astronómica.

Cuando decidieron que eran suficientes fotos, empezaron a admirar cómo el anochecer dominaba el cielo y el satélite natural se coloreaba de amarillo, más pegado al horizonte. Ella notó que el alumbrado del parque no encendía y en su lugar había algunas lámparas de jardín diseminadas que apenas ahuyentaban la oscuridad. Contuvo el aliento al darse cuenta de que los edificios aledaños estaban despojados de luz. Ante la pregunta que no salió de su boca, Yan explicó:

—La lluvia de estrellas de octubre ya pasó, pero toda esta semana se reúne gente a ver el cielo.

            Echó un vistazo alrededor y vio varios grupitos que admiraban el paisaje estelar. Cuando ella alzó la mirada, se sorprendió de ver cientos de puntos en el firmamento. Se quedó un rato así hasta que el muchacho le ofreció unas galletas y la invitó a sentarse.

 

Los dos estuvieron platicando de todo y nada mientras más y más estrellas aparecían ante su vista. Ella hizo ademán de reclinarse y él le ofreció una sudadera que sacó de la mochila. Cuando se acostó, un perfume amaderado la hizo sentir muy cómoda. «Esto es característico de él», pensó.

            —Gracias por esto, Yan. De verdad que me obsequiaste la Luna.

            —¿Ya habías visto así el cielo? —habló con un hilo de voz.

            —A veces voy con mis abuelos al rancho y salimos en la noche a ver las estrellas —‍suspiró.

            Un sonido la alertó que él se había recostado también y lo observó que descansaba en sus brazos cruzados sobre la nuca. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados y un bostezo acudió a su boca. «De seguro hizo demasiado al arreglar el jardín», pensó.

            —Yo también veía el cielo con mis abuelos. Mi tata se sabía el nombre de las constelaciones, pero yo no me aprendí ninguno.

            —¿El papá de tu mamá? —preguntó con cautela, pues sabía la opinión que tenía de su padre.

            —¡Ná! El papá de mi papá. Mi otro abuelo era de ciudad y no le sabe a esto. Mis cuatro abuelitos me consentían mucho. Recuerdo muy poco de mi tata, pero se sentaba en su troca y me indicaba con paciencia cómo se llamaba cada cosa. Una vez vimos un ovni.

            —Yo también llegué a ver uno. Fue raro, pero en ese tiempo no teníamos una cámara para grabarlo. —Se estiró—. ¿Y por qué no recuerdas mucho de tu abuelito?

            En el borde de la vigilia y el sueño, Yan empezó a hablar sin darse cuenta de que su guardia se desmoronaba.

            —Pues, se fue muy pronto. Era muy bueno el viejo, me cuidó mejor que mi papá. Y es que el culero ese estaba frustrado con todo. Con su vida de casado, con ser padre, con tener mal trabajo, con sentirse menos. Dicen que siempre maldecía, pero yo no lo recuerdo mucho. Mi mamá empezó a sacarme de la casa, porque creía que me maltrataba y así conocí a Gisela. Decían que aquel me gritaba y que me daba pellizcos o pachones, pero a mi madre siempre le decía la excusa de que yo era el que me caía. Un día, a mis ocho, sí se pasó. Me pegó, o sea, a puño cerrado. Una, dos, tres veces. Di contra el piso y fui a dar al hospital. —Rio sin ganas—. Mi padre también hubiera ido, pero huyó, porque mamá lo vio y le acomodó unas cachetadas. Jamás la había visto tan enojada y nunca volví a verla así… Yo recuerdo al doctor y al policía, pero lo demás me lo tuvieron que contar. La neta, todo es borroso para mí.

            El muchacho había estado tan cerca del mundo de los sueños que no notó el silencio a su alrededor. Espabiló un poco y cuando levantó la vista, encontró a Maya mirándolo con una expresión de indignación tal, que lo hizo sentir incómodo.

            —¿Cómo dices?

            —¿Qué cosa?

            —¿Cómo que te pegó? —inquirió apenas audible.

            —Y dicen que varias veces —confirmó. «Ahora viene la parte donde dicen “pobrecito”», meditó.

            —¡Tenías ocho años, Yan!

            —Es que no sabía ser papá el idiota.

            —Pero… ¿Qué…? ¿Qué clase de monstruo le pega a un niño de ocho años? ¿A su propio hijo?

            —Pues…

            —¡No podías defenderte! ¿Y si estuviera aquí ahora? Ni siquiera podría ponerte una mano encima. Maldito abusivo…

            —Era alguien que no quería ser hombre o papá… o útil.

            —¿Y huyó? Dime que al menos está en la cárcel. O que…

            —Yo espero que esté muerto.

            Ella no supo qué contestar. El silencio se instaló entre los dos. La ira, la indignación y el repudio empezaron a menguar en el semblante de la chica.

            —Oye, no todo estuvo mal, Maya. Mi madre siempre estuvo ahí. Mi abuelo me cuidó hasta que su corazón lo derrotó. Carajo, eso debió ser traumático para mí, pero él me ahuyentó ese día para que no lo viera.

            —Yan…

            —Él fue un buen hombre, hasta el final. Mis primas, de ambas familias, me juntaban para todo. Tenía a Gis y a toda la familia Castillo y al menso de Robi. Cuando parecía que el mundo iba a derrumbarse, también llegó mi maestro. Y era muy bueno. Me enseñó a ser más fuerte. Mucho más fuerte que…

            —Más fuerte que aquél —sentenció Maya y suspiró—. No, Yan, ningún niño se merece ese abuso. No tuviste la culpa de nada de lo que le sucedía a él.

            La observó un momento y sonrió para sí. Desvió la mirada a la penumbra y empezó a respirar hondo. A la Bestia, presa de la somnolencia, se le había soltado la boca.

 

La velada siguió su curso y él cambió con habilidad el tema. Tomaron unas últimas fotos del cielo estrellado y pudo convencerla de una selfi para el recuerdo.

            Estaban levantando las cosas y se preparaban para irse. La chica meditó todo lo que le había dicho. «Con razón siempre está enojado», razonó. Ella pensó en que el muchacho cargaba con el corazón roto que le dejó su ex, el maltrato cuando fue niño y las injusticias de las que era testigo a diario en la escuela. Ahora se sentía peor de haberlo juzgado en un inicio. No pudo evitar pensar que tal vez ella se hubiera derrumbado, pero él, a pesar de ser bastante hosco, era alguien que se esmeraba en ser protector. No sabía qué decir cuando un mensaje apareció en su teléfono.

            —Sam dice que se le hizo tarde. Que más al rato sale por mí.

            —Dile que no se preocupe. Yo te acompaño a tu casa, Princesa.

            La chica asintió y mandó el mensaje.

            En el trayecto de regreso, el frío de la noche no alcanzaba a serenarla. Solo podía pensar en el niño que fue a parar al hospital por mano de su propio padre. “Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar…”, fue lo que le dijo ese día en la tarde. «Hablaba por otros niños y por él», pensó.

La chica estaba tan abstraída en sus pensamientos que apenas si se despidió de su amigo cuando llegó a su casa. Si hubiera estado más atenta, tal vez se hubiera dado cuenta del pequeño, pero significativo cambio que experimentó la Bestia. Él no pensaba demostrarlo, se lo callaría para siempre de ser necesario, pero algo en su persona se rompió para bien esa noche.

Nota del autor: A mis lectores, les debía este capítulo, pero creo que este era el mejor momento para explicar este por qué. Sin más preámbu...

Nota del autor: A mis lectores, les debía este capítulo, pero creo que este era el mejor momento para explicar este por qué. Sin más preámbulos. Un interludio muy profundo.

La escuela se sentía un poco vacía sin la presencia de Yan. El lunes no se había presentado a clases y Maya supo, gracias a la chismosa de Zaza, que presentó sus dos exámenes de Educación Física en la tarde.

            A ella solo le faltaba un examen y quería estar segura de sacar nota perfecta como siempre. El viento le mecía el cabello mientras se resguardaba a la sombra de la biblioteca. Sus apuntes la mantuvieron abstraída y no se dio cuenta de la persona que se sentó junto a ella. Por el borde de su visión, notó que un muchacho de camisa blanca, cabello corto y ancho de hombros la observaba. Soltó una risita tranquila que le molestó un poco a la chica.

            Se volteó para darle la espalda y el joven no mostró intención de moverse. Ella escuchó que se reclinó para observarla mejor. Sintió malestar en el estómago y un ligero nudo en la garganta. Cerró con fuerza su libreta y antes de meterla a su mochila, un hablar con enojo salió de su boca.

            —¿Se te perdió algo?

            —Andaba buscando a la más aplicada de la escuela. ¿La has visto?

            Reconoció la voz de Yan y lo miró de lleno. Llevaba solo la camisa reglamentaria con el resto del uniforme, estaba desposeído de sus lentes oscuros y su cabellera larga. La imagen la dejó sin habla por un instante. Llevaba un estilo despeinado con una línea marcada por la navaja, como dictaba la moda.

            —¿Qué… qué le pasó a tu cabello?

            —Lo doné. Ya era hora, Maya. Tres años con los cuidados estrictos de Bella… ¡N’ambre, no te lo recomiendo!

            Hizo memoria de todas las veces que Gisela, hija de una estilista profesional, le cuidó del cabello a Yan. «Eras como su muñeca», pensó divertida. Se asomó un poco y pudo ver la piel sin broncear de la nuca.

            —No, espera, ¿de verdad lo donaste?

            —A mí no me sirve una greña tan larga. Tal vez a una chica o a un morrillo que sufre la quimio le sirva más. Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar. El cabello da algo de alivio… ¡Y, no es por nada, pero te presumo que alcanzaron a salir cinco trenzas bastante decentes!

            «Sigues sorprendiéndome», pensó para sí. Estaba conmovida al punto de que las palabras quedaron solo en su mente.

            —¡Espera! Por eso no tengo memoria de ti en segundo semestre. Traías el cabello corto, ¿no?

            —Lo acababa de donar esa vez e iba un poco rapado de los costados. Y el idiota de David me acomodó un zape… ¡Maldito pen…!

            —No lo sabía. Oye, pero… ¿la trenza o el molote no eran parte de tu encanto?

            —Ya te lo he dicho, ¡soy súper especial! Con o sin mi greña. Si el cabello era mi fuerza como en la historia de Sansón, ojalá que quién lo reciba lo haga tan fuertote como yo.

            —Te ves muy distinto. Pero luces bien.

            Ella no pudo negar que el muchacho le parecía atractivo con o sin cabellera. No sabía qué cumplido decir sin incomodarlo. O sin sonar chocante.

            —Oye, por cierto, no hagas planes al rato. Te veo en el Parque de los Héroes a eso de las seis y media, Princesita.

            —¿Tan tarde? —alzó una ceja.

            —Le puedo pedir permiso a tus papás. No tengo problema.

            «Estoy segura de que mi mamá tampoco los tendría», pensó antes de inquirir.

            —¿Qué planeas? ¿Es sorpresa? —Ladeó la cabeza.

            —Ya verás. Tu pretendiente te tiene que obsequiar la Luna. Acuérdate de eso. ¡Nos vemos en la tarde!

            «No creo que me sorprenda más que esto», razonó.

            Y ella no sabía lo equivocada que estaba.

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor. Sam había ...

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor.

Sam había acelerado a tope, pese a que su cuerpo le pedía tregua. La imagen de su amiga desfalleciendo hicieron explotar la adrenalina. Se sintió mal porque no pudo llegar en el momento justo y presenció con horror cómo la cabeza de la chica chocaba con la banqueta y su cuerpo producía un golpe seco al impactar en el asfalto. La sostuvo entre sus brazos como pudo y cuando intentó ponerse en pie para llevarla a la tienda médica, las fuerzas no dieron para más y tuvieron que ir a auxiliarla.

    El retrato de su amiga inconsciente, con las mejillas rojas estarían plasmadas en su mente por mucho tiempo. Hacía juego con el uniforme de los brigadistas y tanto color le produjo un ligero mareo. El traslado hasta la clínica, pese a ser la más cercana al evento y a su escuela, fue un mar de preocupaciones para la pobre Sam. Aún resonaban las palabras del paramédico: «Hay que tomarle unas radiografías de su cráneo y del costado derecho».

    Tenía las manos frente a ella como si rezara mientras observaba a su amiga tendida en la sala de urgencias. La luz blanca artificial no le proporcionaba alivio alguno. Había varios sensores conectados al cuerpo de la paciente que hacían sonar un dispositivo a un costado de Sam. La capitana había estado inconsciente por tres minutos, pero debido al impacto, debió ser trasladada a estudios y observación. Maya tenía su mano libre de aparatos posada sobre su cara, incapaz de ver a su sombra y mejor amiga.

    A pesar de haber sido primero y segundo lugar, no se sentía para nada bien. «¿Y si la perdía?», se reprochó enseguida por pensar eso. El habla no acudía a su boca para decirle lo que fuese, y es que tampoco estaba segura de cómo se sentía. Llenó sus pulmones del aroma común de desinfectante y cuando intentó decir algo, un alboroto en el pasillo le llamó la atención.

    —¿Dónde está? Solo díganme en dónde está, ¡¡carajo!!

    —Yan, ¿quién te dio permiso? —era la voz de una de las enfermeras.

    —Estoy en horario de visita. Sala cinco… sala…

    —¡Eso es entre semana!

    En el umbral apareció Bestia con un semblante preocupado y la señorita entornando la vista detrás de él. Lo dejó pasar y cerró las cortinas mientras resoplaba molesta. El andar de ella resonó en la pequeña sala de urgencias y el pasillo.

    —Maya, ¿estás consciente? —preguntó con un tacto tan medido que sorprendió a Sam.      La chica asintió como única respuesta.

    —Estamos esperando los resultados, Yan —susurró Sam.

    El muchacho saludó con una cabezada y se situó al lado de la chica, para retirarle con delicadeza la mano del rostro, pero ella evitó sostenerle la mirada.

    —Me dijiste que estabas bien —comentó apenas audible—. Me lo aseguraste y mírate —el reproche en su voz era muy leve.

    —No pasa nada, Yan, tranquilo. Yo…

    —¡No digas que no pasa nada si no es así! No es justo para ti y tampoco lo es para tus… —se quedó callado a medio discurso. Apenas si había alzado la voz.

—Se pasó del lado de Sam para observar la máquina y, después de ver los números en esta, asintió para sí. Se inclinó un poco para observarle el semblante a la paciente. La chica por fin volteó a verlo y se apreciaron los surcos de las lágrimas en las mejillas.

    —No quiero que piensen que soy débil.

    Yan enmudeció un instante. Inspiró profundo antes de replicar.

    —Nadie te está diciendo que seas débil, Maya. Acabar una carrera pese a tu estado, ya es bastante fortaleza. ¿Te pegaste del lado derecho?

    Se fue a asomar, pero se retractó enseguida y la muchacha llevó su mano a la sábana como acto reflejo.

    —Yo me fijo —ofreció Sam y fue a observar las curaciones que tenía Maya en una pierna y en el codo—. Pues las enfermeras lo hicieron bastante bien.

    Bestia se había dado la vuelta y comentó aún de espaldas.

    —Se me olvida el pudor que tienes sobre tu cuerpo. Perdón, Princesita.

    De pronto el espacio se sintió diminuto pese a que solo había una cama, un banquito, la bandeja del material y una cajonera miniatura. La tensión se iba acumulando hasta que otra persona corrió la cortina.

    —¡Yan! No entres así a mi turno. —Era el jefe de enfermeros. Se había presentado con Sam apenas llegaron—. ¡Maldita sea! Tenemos mucho ajetreo por la carrera y todos los heridos. No encuentro los formularios de cobro y lo que menos necesito es a la Bestia rondando por aquí.

    —¿Ya revisaste el cuarto cajón a tu derecha? Tu jefa siempre los deja ahí. Te acompaño.

    Salieron de la habitación y el muchacho evitó ver a Maya y su mirada de confusión. Sam le dedicó una sonrisa a su amiga antes de hablarle despreocupada.

—Se toma muy en serio su papel de brigadista de primeros auxilios. ¿O no, amigui?

    Una sonrisa se dibujaba en su capitana. Al momento de asentir, habló con la risa asomando en su semblante.

    —No comí mucho en la mañana, Sam. Solo espero que aun así no me vea llenita en las radiografías.

    Ambas rieron y la tensión desapareció por completo. Maya fue sorprendida por unas palmaditas llenas de ternura por parte de su amiga y sombra.

    Las cortinas se corrieron una tercera vez y una señora con el cabello rubio cenizo entró a la sala. Llevaba una blusa beige holgada y colgaba de su brazo un bolso a juego.

    —¡Hija! ¡Ay, mijita! Mira cómo te dejó el piso.

    —Y debió ver cómo quedó, señora. —Bromeó Sam—. No se fue limpio, eh.

    —Ay, mi pequeña Samantha. Gracias por siempre cuidar a mi muchacha. —La besó en la frente.

    La chica dio un paso hacia atrás y dejó que madre e hija se encontraran en un abrazo, disculpas y palabras reconfortantes. Maya intentó explicar por qué se había extenuado toda esa semana. Además, tuvo que admitir que esa mañana no se alimentó como era debido. La señora nunca le alzó la voz, miraba de cuando en cuando la venda en la cabeza y el monitor de signos vitales. Al final, se sentó en el banquito a un costado de su pequeña para seguir platicando.

    Sam estaba aliviada por el semblante cada vez más luminoso de su amiga. El dolor de lo que presenció ya solo era una molestia sorda que acompañaba a su cansancio. Iba a disculparse para salir cuando se volvió a correr la cortina.

    —Liam me pasó tu póliza de seguro estudiantil, Princesita. —Yan entró alzando una bolsa con medicinas—. Me dieron esto y ahorita te pasan tu re… ¡Buenas tardes, señora!

    —Buenas tardes… Yo te conozco, ¿no? —habló dubitativa la mamá de Maya—. ¿No eres el ahijado de las Castillo? Las de la estética.

    —Ya quisiera yo, señora. El negocio les va rebien. —Se aclaró la garganta—. Le dejo la medicina. Permiso.

    Cuando salió de la habitación, ella le dedicó una mirada cargada de intención a su hija.

    —Ay, Mayita. ¡Por fin los eliges bien!

    —¡Mamá! Es mi amigo. ¡No empieces!

    —De acuerdo, prin-ce-si-ta.

    Sam se disculpó también mientras madre e hija se enfrascaban en su conversación. El alivio había llegado a su mente y se retiró al pasillo para despejarse un poco. Caminó unos metros por completo abstraída  y no se había dado cuenta de la presencia de Yan hasta que casi choca con su espalda. Escuchó conversación la sin pretenderlo.

    —…te fuiste así sin más, muchacho. Nunca te había visto correr, por eso me preocupé. Hasta tomaste un tapsi.

    —Es taxi, señor. Estoy bien, de verdad, don Barín.

    El adulto frente a su amigo tenía un bronceado remarcado que contrastaba con la blancura de cabello y barba. Él le sostuvo la mirada al joven y la bajó por un leve instante.

    —¿Estás seguro?

    —Muy seguro. Por favor, regrese al comedor comunitario. ¿A poco se va a perder el pozolito el día de hoy?

    —Tienes razón... ¡Nos vemos luego!

    El señor ajustó su traje gastado de color azul y se retiró haciendo resonar sus botines. Bestia y Sam se recargaron en el pasillo sin decir nada, mientras el ajetreo del hospital sepultaba su silencio. Ella no tuvo el valor de hacerle preguntas y se quedó viendo a la nada en lo que daban de alta a su amiga. Se distrajo al juguetear con la pulsera de pixel-art que le había regalado Maya.

 

La señora salió un momento para pagar la cuenta de su hija y encontrarse con su marido, quien firmaba la documentación del seguro. Sam entró para verla sentada en la camilla y le hizo señas para que fuera junto a ella. Apenas se acomodó, Maya la sorprendió con un abrazo por el costado. Le pidió disculpas de forma sincera y Sam dejó que unas pocas lágrimas le humedecieran el hombro. “No pasa nada”, repitió como un arrullo y empezaron a hablar de cosas sin importancia.

    —Oye, pero qué intensito se puso Yan, ¿no? —dijo la capitana de súbito y la miró.

    —Pues, supongo que está estresado. Fue una semana pesada planeando sus citas y ayudando en Deportes. También viene la semana de Día de Muertos y su cumpleaños. Yo también estaría así.

    Su amiga parpadeó varias veces y la pregunta acudió a su boca.

    —¿Cuándo es su cumpleaños?

    —Este jueves, el treinta. Y el de Bella es el treinta y uno. El mero Halloween. Tan cercanos son que hasta cumplen años seguidos —se rió.

    —Ah, no sabía. No estoy invitada.

    —A lo mejor… —Se apresuró a decir Sam y sacó su teléfono a escondidas—, se les olvidó por todo el ajetreo, como dije.

    El teléfono de su amiga no tardó en sonar. «Fiesta conjunta de mi Bestia y de tu Bella, bonita. No hace falta que traigas regalo, solo disfraz», rezaba el mensaje.

    —¡Oye! Le acabas de avisar.

    —¡Pues claro! No iría sin mi mejor amiga.

    Las chicas se alistaron para salir de la clínica y cuando estaban por subirse al auto del señor Vega, su hija le pidió ir a la plaza más cercana. El mensaje decía que no era necesario llevar un presente, pero Maya no se sentiría cómoda si llegara sin uno.

    —¿Me acompañas, Sam?

    —Hasta que te hartes de mí —confirmó con una amplia sonrisa.


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  Un mensaje en su teléfono la espabiló por completo: «¡¡Amigui, hoy ganamos!!», rezaba el mensaje de Sam. El celular marcaba las cinco de l...

 Un mensaje en su teléfono la espabiló por completo: «¡¡Amigui, hoy ganamos!!», rezaba el mensaje de Sam. El celular marcaba las cinco de la madrugada del veintiséis de octubre y Maya ya se había levantado. Bajó deprisa a desayunar fruta con miel y avena cuando un segundo mensaje la detuvo a medio bocado. Saltó de alegría mientras alzaba los brazos.

            «Hoy llego, hija. Espero estar para verte en el podio al menos», decía el mensaje de su madre. Se emocionó tanto que olvidó tomarse su té y no alcanzó a acabarse su plato. Lo dejó en el fregadero con una nota de disculpa a un lado. Salió a toda prisa, pues Sam y sus hermanos ya la esperaban en el auto para ir al medio maratón juvenil. Apenas subió, notó el empalagoso aroma de la cajeta a un costado de ella. Su delgada amiga había tostado un bolillo y le había puesto un poco del dulce. “Mis hermanos vinieron de Celaya, tenía que aprovechar”, se explicó con la boca llena mientras bebía té de su termo.

            El preámbulo de la carrera era el mismo del año pasado y el frío de la madrugada apenas si les hizo mella. Entrenaron por una hora, accedieron al corral con el resto de los competidores, se hidrataron levemente y dejaron sus abrigos, pues pronto entrarían más en calor. Entre los demás participantes, vislumbraron a Rob, quien estaba desmañanado y con cara derrotista antes de empezar. Había confesado que Yan lo amenazó de perseguirlo en bicicleta si no corría. Al preguntar por su amiga Sonia, les comentó un oficial que las personas con prótesis no podrían participar. «Al menos la reconocen, qué mal que no la dejaran», meditó.

            Estaban a punto de comenzar y tanto Maya como su sombra se colocaron una frente a la otra. «Le tengo que cortar el viento», pensó, pues su amiga era corredora de velocidad. Robi había dicho que él iría al frente por esta vez.

            La cuenta regresiva del locutor del evento llegó a cero y la bocina de aire resonó por toda la avenida. Maya estiró un poco el brazo para evitar que su compañero saliera disparado por la adrenalina y comenzaron el trayecto. El ritmo contenido permitió que el resto de los competidores se adelantaran un poco. Con la zancada y ritmo ajustados, se encontró cómoda como siempre y permitió que el corte de viento que les hacía Rob les aligerara el paso. El público a los lados aún era escaso por la hora, pese a que había sido el cambio de horario. El azul oscuro y el violeta aún predominaban en la bóveda celeste y el frío no daba tregua. Ella volteó a ver que su amiga la siguiera sin problemas.

Llegaron al kilómetro seis y se dieron cuenta porque Sonia cargaba una pancarta que la indicaba, junto a un cartel que rezaba: «¡Vamos, dupla ganadora!» y que tenía una caricatura de la capitana y su mejor amiga.  Maya se mantuvo escondida en su grupo para ahorrar fuerzas y oyó las respiraciones agitadas de los menos preparados. El sonido irregular de una zancada le indicó la proximidad de un accidente. Gritó por ayuda justo cuando el primer desfallecido dio contra el asfalto y los brigadistas corrían a auxiliarlo.

Ya había pasado dos puestos de hidratación y ahora Vika marcaba el kilómetro catorce con otra pancarta. «De seguro esto es plan de Gisela», razonó. La Victoriosa le sonrió con complicidad cuando la vio pasar. Más y más gente se reunía en la acera para presenciar la carrera junto a las torretas de techo rojizo que eran los árboles. El cansancio empezaba a asomar en las piernas de ella y volteó un momento para revisar cómo iba su amiga. Al ver que no flaqueaba, se sintió satisfecha y estaba lista para modificar su andar. Con el cambio en su braceo y zancada empezó a ganar terreno. Ignoró una punzada en la sien y avanzó dejando a Robi atrás. El paso de su amiga era inconfundible detrás de ella.

No esperaba que Mila y Kira estuvieran para indicarle la recta final. Reconoció a la Amada por su sudadera roja y la presencia de la Reina imponía aún fuera de la escuela. Las vallas estaban abarrotadas de gente, porras y matracas. El locutor oficial anunciaba que solo tres chicas y cuatro chicos estaban al frente, muy aventajados. Ella no veía a nadie por delante suyo y reconoció el trotar de su amiga justo por detrás de ella. Así lo habían ensayado. Aceleró a tope a última instancia para asegurar el primer lugar y trató de alejar el dolor de cabeza que la atenazaba. Ignoró el cansancio en su cuerpo y el calor que ardía en su rostro. Faltaban pocos metros para llegar cuando escuchó a Sam apresurar su paso al tope. «Estoy segura de que vas bien, Sam. No te quemes», pensó en el último tramo.

El mundo se empezó a desdibujar cuando cruzó la meta y el locutor gritaba emocionado. El intento de frenar se le hizo pesado y los colores dejaron de tener los tonos que ella reconocía. El fallo en sus piernas la hizo inclinarse hacia un costado y estaba segura de que alguien le hablaba. “¡¡Maya!!”, fue el grito que escuchó con claridad cuando su vista se tornó oscura y antes de sentir que el asfalto se acercaba muy rápido a su costado derecho, solo pudo pensar: «Espero que mamá no haya llegado para verme así». Un dolor estridente en su cabeza le dio la bienvenida a la inconsciencia.



  Maya había salido muy confiada de su examen de Ética. Lo completó en un tiempo récord y le dio oportunidad a su revisor que le anunciara l...

 Maya había salido muy confiada de su examen de Ética. Lo completó en un tiempo récord y le dio oportunidad a su revisor que le anunciara la calificación en persona. Cuando las clases terminaron, quiso ir con Yan a la sesión de karate, pero este la interceptó en el camino y la invitó a salir a algún lado.

            Ese día visitaron uno de los museos de la ciudad —gratuito para los estudiantes— y se sorprendió de lo mucho que sabía de la historia local. El ambiente erudito ayudó a que ella se concentrara en todo el recorrido. Él la guiaba con una delicadeza como si sostuviera una flor de jardín.

            Al día siguiente, cuando el ánimo escolar estaba por los suelos por el azote de las evaluaciones, el muchacho la invitó a una librería vieja. Su única excusa fue que el jueves veían libros nuevos, pero los clásicos y los de segunda mano tenían su encanto también. Cuando salieron del negocio en el que ayudaban, él la guio hasta una tiendita con escaparates de madera donde había muchos títulos mostrándose. El aroma a libros viejos les dio la bienvenida. La chica se sorprendió al ver una gran cantidad de obras que no había leído, aunque no tomó ninguna, le gustó mucho visitar ese lugar. Se sintió como en una obra de ficción sanadora.

            —El señor se parece al librero al que ayudamos, ¿no? —Se inclinó ella para preguntar.

            —Es que son hermanos. Tal vez el negocio familiar son los libros.

            El viernes amenazaba con una lluvia y los truenos retumbaban a la distancia. Las clases de karate seguían sin acontecer, pero él ya la esperaba a la salida de la escuela con dos impermeables, por si acaso, uno a la medida de ella. Se dirigieron a la Alameda Norte y allí él sacó una cámara instantánea con un cartucho ya cargado. Le pidió que se tomaran fotos. Después de una sesión con el tiempo nublado y casi tres cargas gastadas, le mostró la galería que le había hecho.

            —Me gustan. ¿Nos podemos acabar las fotos? —inquirió ella.

            —Siempre sales bien —dijo como para sí—. Ah, claro. Vamos a las jardineras.

Cuando terminaron con las fotos y la batería de la cámara, salieron al andador, pero él se rasgó su playera oscura al pasar por la cerca. Miró con cierta aprehensión el corte de su ropa y suspiró resignado.

            —Qué mal… Oye, esta playera estaba ya muy gastada —dijo ella cuando la vio de cerca.

            —No pasa nada, debo de tener más. Todo mi armario es negro, creo que sí tengo…

Se sentaron a observar toda la sesión, mientras el aroma otoñal los rodeaba. Él se quedó con unas pocas fotos y le regaló casi todas a ella. Yan decía que su pretendiente debía de saber cuál era el lado bueno para las fotos y también saber tomarlas para el recuerdo.

            —Bueno, pero no tengo lados malos, ¿no? —quiso bromear la chica.

            Era la segunda vez que el muchacho se quedaba sin saber qué decir frente a ella.

El sábado la había invitado a salir a una galería, pero Maya desistió. Decía que tenía que estar lista para la carrera del domingo, pues era importante para ella. Cuando el lienzo celestial ya pintaba entre los rosas y morados intensos, ya había terminado de entrenar y se disponía a regresar en compañía de Sam a su casa. Varios mensajes habían llegado a su teléfono. El último la hizo sonreír: «¿Tú no descansas o qué? Amos por unos tacos para que agarres fuerza».

Sam se había quedado en una cenaduría cercana mientras la pareja hacía otro simulacro de cita. A pesar de la buena sazón, ella comió muy poco y combatía el cansancio de haber entrenado todo el día. Yan le pidió al final un jugo en conito para que se llenara de azúcar. Cuando salieron, ella aún se reía de cómo él había pedido sus órdenes.

—Otra vez, ¿cómo fue? —preguntó al inclinar la cabeza.

—“Tres de abdomen con pasto y llorona, mai. Una sinsabor y para mí lo diciembre”. O sea: Tres de suadero, con cilantro y cebolla. Una botella de agua y para mí lo de siempre.

—Ya te conocen en la taquería. Claro.

—Son los mejores de asada de este lado y queda cerca de tu casa.

Estuvieron un rato andando hasta el cruce de su casa cuando él tuvo que despedirse por un mensaje que le llegó. Antes de emprender camino, miró con preocupación a la chica. Ella le adivinó el pensamiento.

—Estoy bien, Yan. Solo debo dormir. Buenas noches.

Maya y su sombra se encaminaron hasta sus casas y ella no dejó de pensar en lo bien que lo había pasado en la primera fase de segundos parciales. Todo gracias a su amigo.

 

La residencia Vega estaba inundada por el sonido del resumen deportivo que tenía sintonizado el papá. Fue hasta la cocina donde su hija ya se preparaba un té.

            —No te oí llegar. ¿Dónde andabas? Más bien, ¿dónde has estado en toda la semana?

            —Estuve saliendo con alguien.

            Él dejó de prepararse su botana para alzar la vista. Hizo memoria y miró en dirección a la entrada.

            —¿Con Samantha? Mija, pues para mí no es tu tipo.

            —Con Yan, papá. —Puso los ojos en blanco y sonrió.

            —Ah, el muchacho García. ¿Y qué todo hacen cuando salen?

            —Tenemos citas. O sea, no son de verdad, las ensayamos. —Tomó unas galletas de debajo de la barra y encontró a su papá mirándola con fijeza—. Fue idea de Gis. ¿No te dije?

            —¿La chica de las Castillo? —El señor meditó un momento mientras una cantidad peligrosa de salsa se vaciaba en su plato—. ¿Y cuál es la excusa?, ¿mejorar tus estándares? —se rio.

            —Ey —contestó distraída.

            —Pues me parece bien —dijo y se percató del caldo picoso que había preparado sin querer—. ¿Te quedan fuerzas para salir después del régimen que te has puesto?

            —Claro que sí, papá. Estoy bien —mintió y se disculpó para irse a su cuarto.

A ella se le hizo raro que no dijera nada de que salía con Yan. Además, no notó la mirada de preocupación que tenía su padre cuando subió las escaleras con un andar pesado. Tampoco se percató en qué momento se sumergió al reino onírico, presa del cansancio que se asentaba en su cuerpo.