Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor. Sam había ...

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor.

Sam había acelerado a tope, pese a que su cuerpo le pedía tregua. La imagen de su amiga desfalleciendo hicieron explotar la adrenalina. Se sintió mal porque no pudo llegar en el momento justo y presenció con horror cómo la cabeza de la chica chocaba con la banqueta y su cuerpo producía un golpe seco al impactar en el asfalto. La sostuvo entre sus brazos como pudo y cuando intentó ponerse en pie para llevarla a la tienda médica, las fuerzas no dieron para más y tuvieron que ir a auxiliarla.

    El retrato de su amiga inconsciente, con las mejillas rojas estarían plasmadas en su mente por mucho tiempo. Hacía juego con el uniforme de los brigadistas y tanto color le produjo un ligero mareo. El traslado hasta la clínica, pese a ser la más cercana al evento y a su escuela, fue un mar de preocupaciones para la pobre Sam. Aún resonaban las palabras del paramédico: «Hay que tomarle unas radiografías de su cráneo y del costado derecho».

    Tenía las manos frente a ella como si rezara mientras observaba a su amiga tendida en la sala de urgencias. La luz blanca artificial no le proporcionaba alivio alguno. Había varios sensores conectados al cuerpo de la paciente que hacían sonar un dispositivo a un costado de Sam. La capitana había estado inconsciente por tres minutos, pero debido al impacto, debió ser trasladada a estudios y observación. Maya tenía su mano libre de aparatos posada sobre su cara, incapaz de ver a su sombra y mejor amiga.

    A pesar de haber sido primero y segundo lugar, no se sentía para nada bien. «¿Y si la perdía?», se reprochó enseguida por pensar eso. El habla no acudía a su boca para decirle lo que fuese, y es que tampoco estaba segura de cómo se sentía. Llenó sus pulmones del aroma común de desinfectante y cuando intentó decir algo, un alboroto en el pasillo le llamó la atención.

    ¿Dónde está? Solo díganme en dónde está, ¡¡carajo!!

    Yan, ¿quién te dio permiso? —era la voz de una de las enfermeras.

    Estoy en horario de visita. Sala cinco… sala…

    ¡Eso es entre semana!

    En el umbral apareció Bestia con un semblante preocupado y la señorita entornando la vista detrás de él. Lo dejó pasar y cerró las cortinas mientras resoplaba molesta. El andar de ella resonó en la pequeña sala de urgencias y el pasillo.

    —Maya, ¿estás consciente? —preguntó con un tacto tan medido que sorprendió a Sam.      La chica asintió como única respuesta.

    —Estamos esperando los resultados, Yan —susurró Sam.

    El muchacho saludó con una cabezada y se situó al lado de la chica, para retirarle con delicadeza la mano del rostro, pero ella evitó sostenerle la mirada.

    —Me dijiste que estabas bien —comentó apenas audible—. Me lo aseguraste y mírate —el reproche en su voz era muy leve.

    —No pasa nada, Yan, tranquilo. Yo…

    —¡No digas que no pasa nada si no es así! No es justo para ti y tampoco lo es para tus… —se quedó callado a medio discurso. Apenas si había alzado la voz.

Se pasó del lado de Sam para observar la máquina y, después de ver los números en esta, asintió para sí. Se inclinó un poco para observarle el semblante a la paciente. La chica por fin volteó a verlo y se apreciaron los surcos de las lágrimas en las mejillas.

    —No quiero que piensen que soy débil.

    Yan enmudeció un instante. Inspiró profundo antes de replicar.

    —Nadie te está diciendo que seas débil, Maya. Acabar una carrera pese a tu estado, ya es bastante fortaleza. ¿Te pegaste del lado derecho?

    Se fue a asomar, pero se retractó enseguida y la muchacha llevó su mano a la sábana como acto reflejo.

    —Yo me fijo —ofreció Sam y fue a observar las curaciones que tenía Maya en una pierna y en el codo—. Pues las enfermeras lo hicieron bastante bien.

    Bestia se había dado la vuelta y comentó aún de espaldas.

    —Se me olvida el pudor que tienes sobre tu cuerpo. Perdón, Princesita.

    De pronto el espacio se sintió diminuto pese a que solo había una cama, un banquito, la bandeja del material y una cajonera miniatura. La tensión se iba acumulando hasta que otra persona corrió la cortina.

    —¡Yan! No entres así a mi turno. —Era el jefe de enfermeros. Se había presentado con Sam apenas llegaron—. ¡Maldita sea! Tenemos mucho ajetreo por la carrera y todos los heridos. No encuentro los formularios de cobro y lo que menos necesito es a la Bestia rondando por aquí.

    —¿Ya revisaste el cuarto cajón a tu derecha? Tu jefa siempre los deja ahí. Te acompaño.

    Salieron de la habitación y el muchacho evitó ver a Maya y su mirada de confusión. Sam le dedicó una sonrisa a su amiga antes de hablarle despreocupada.

—Se toma muy en serio su papel de brigadista de primeros auxilios. ¿O no, amigui?

    Una sonrisa se dibujaba en su capitana. Al momento de asentir, habló con la risa asomando en su semblante.

    —No comí mucho en la mañana, Sam. Solo espero que aun así no me vea llenita en las radiografías.

    Ambas rieron y la tensión desapareció por completo. Maya fue sorprendida por unas palmaditas llenas de ternura por parte de su amiga y sombra.

    Las cortinas se corrieron una tercera vez y una señora con el cabello rubio cenizo entró a la sala. Llevaba una blusa beige holgada y colgaba de su brazo un bolso a juego.

    —¡Hija! ¡Ay, mijita! Mira cómo te dejó el piso.

    —Y debió ver cómo quedó, señora. —Bromeó Sam—. No se fue limpio, eh.

    —Ay, mi pequeña Samantha. Gracias por siempre cuidar a mi muchacha. —La besó en la frente.

    La chica dio un paso hacia atrás y dejó que madre e hija se encontraran en un abrazo, disculpas y palabras reconfortantes. Maya intentó explicar por qué se había extenuado toda esa semana. Además, tuvo que admitir que esa mañana no se alimentó como era debido. La señora nunca le alzó la voz, miraba de cuando en cuando la venda en la cabeza y el monitor de signos vitales. Al final, se sentó en el banquito a un costado de su pequeña para seguir platicando.

    Sam estaba aliviada por el semblante cada vez más luminoso de su amiga. El dolor de lo que presenció ya solo era una molestia sorda que acompañaba a su cansancio. Iba a disculparse para salir cuando se volvió a correr la cortina.

    —Liam me pasó tu póliza de seguro estudiantil, Princesita. —Yan entró alzando una bolsa con medicinas—. Me dieron esto y ahorita te pasan tu re… ¡Buenas tardes, señora!

    —Buenas tardes… Yo te conozco, ¿no? —habló dubitativa la mamá de Maya—. ¿No eres el ahijado de las Castillo? Las de la estética.

    —Ya quisiera yo, señora. El negocio les va rebien. —Se aclaró la garganta—. Le dejo la medicina. Permiso.

    Cuando salió de la habitación, ella le dedicó una mirada cargada de intención a su hija.

    —Ay, Mayita. ¡Por fin los eliges bien!

    —¡Mamá! Es mi amigo. ¡No empieces!

    —De acuerdo, prin-ce-si-ta.

    Sam se disculpó también mientras madre e hija se enfrascaban en su conversación. El alivio había llegado a su mente y se retiró al pasillo para despejarse un poco. Caminó unos metros por completo abstraída  y no se había dado cuenta de la presencia de Yan hasta que casi choca con su espalda. Escuchó conversación la sin pretenderlo.

    —…te fuiste así sin más, muchacho. Nunca te había visto correr, por eso me preocupé. Hasta tomaste un tapsi.

    —Es taxi, señor. Estoy bien, de verdad, don Barín.

    El adulto frente a su amigo tenía un bronceado remarcado que contrastaba con la blancura de cabello y barba. Él le sostuvo la mirada al joven y la bajó por un leve instante.

    —¿Estás seguro?

    —Muy seguro. Por favor, regrese al comedor comunitario. ¿A poco se va a perder el pozolito el día de hoy?

    —Tienes razón... ¡Nos vemos luego!

    El señor ajustó su traje gastado de color azul y se retiró haciendo resonar sus botines. Bestia y Sam se recargaron en el pasillo sin decir nada, mientras el ajetreo del hospital sepultaba su silencio. Ella no tuvo el valor de hacerle preguntas y se quedó viendo a la nada en lo que daban de alta a su amiga. Se distrajo al juguetear con la pulsera de pixel-art que le había regalado Maya.

 

La señora salió un momento para pagar la cuenta de su hija y encontrarse con su marido, quien firmaba la documentación del seguro. Sam entró para verla sentada en la camilla y le hizo señas para que fuera junto a ella. Apenas se acomodó, Maya la sorprendió con un abrazo por el costado. Le pidió disculpas de forma sincera y Sam dejó que unas pocas lágrimas le humedecieran el hombro. “No pasa nada”, repitió como un arrullo y empezaron a hablar de cosas sin importancia.

    —Oye, pero qué intensito se puso Yan, ¿no? —dijo la capitana de súbito y la miró.

    —Pues, supongo que está estresado. Fue una semana pesada planeando sus citas y ayudando en Deportes. También viene la semana de Día de Muertos y su cumpleaños. Yo también estaría así.

    Su amiga parpadeó varias veces y la pregunta acudió a su boca.

    —¿Cuándo es su cumpleaños?

    —Este jueves, el treinta. Y el de Bella es el treinta y uno. El mero Halloween. Tan cercanos son que hasta cumplen años seguidos —se rió.

    —Ah, no sabía. No estoy invitada.

    —A lo mejor… —Se apresuró a decir Sam y sacó su teléfono a escondidas—, se les olvidó por todo el ajetreo, como dije.

    El teléfono de su amiga no tardó en sonar. «Fiesta conjunta de mi Bestia y de tu Bella, bonita. No hace falta que traigas regalo, solo disfraz», rezaba el mensaje.

    —¡Oye! Le acabas de avisar.

    —¡Pues claro! No iría sin mi mejor amiga.

    Las chicas se alistaron para salir de la clínica y cuando estaban por subirse al auto del señor Vega, su hija le pidió ir a la plaza más cercana. El mensaje decía que no era necesario llevar un presente, pero Maya no se sentiría cómoda si llegara sin uno.

    —¿Me acompañas, Sam?

    —Hasta que te hartes de mí —confirmó con una amplia sonrisa.

  Un mensaje en su teléfono la espabiló por completo: «¡¡Amigui, hoy ganamos!!», rezaba el mensaje de Sam. El celular marcaba las cinco de l...

 Un mensaje en su teléfono la espabiló por completo: «¡¡Amigui, hoy ganamos!!», rezaba el mensaje de Sam. El celular marcaba las cinco de la madrugada del veintiséis de octubre y Maya ya se había levantado. Bajó deprisa a desayunar fruta con miel y avena cuando un segundo mensaje la detuvo a medio bocado. Saltó de alegría mientras alzaba los brazos.

            «Hoy llego, hija. Espero estar para verte en el podio al menos», decía el mensaje de su madre. Se emocionó tanto que olvidó tomarse su té y no alcanzó a acabarse su plato. Lo dejó en el fregadero con una nota de disculpa a un lado. Salió a toda prisa, pues Sam y sus hermanos ya la esperaban en el auto para ir al medio maratón juvenil. Apenas subió, notó el empalagoso aroma de la cajeta a un costado de ella. Su delgada amiga había tostado un bolillo y le había puesto un poco del dulce. “Mis hermanos vinieron de Celaya, tenía que aprovechar”, se explicó con la boca llena mientras bebía té de su termo.

            El preámbulo de la carrera era el mismo del año pasado y el frío de la madrugada apenas si les hizo mella. Entrenaron por una hora, accedieron al corral con el resto de los competidores, se hidrataron levemente y dejaron sus abrigos, pues pronto entrarían más en calor. Entre los demás participantes, vislumbraron a Rob, quien estaba desmañanado y con cara derrotista antes de empezar. Había confesado que Yan lo amenazó de perseguirlo en bicicleta si no corría. Al preguntar por su amiga Sonia, les comentó un oficial que las personas con prótesis no podrían participar. «Al menos la reconocen, qué mal que no la dejaran», meditó.

            Estaban a punto de comenzar y tanto Maya como su sombra se colocaron una frente a la otra. «Le tengo que cortar el viento», pensó, pues su amiga era corredora de velocidad. Robi había dicho que él iría al frente por esta vez.

            La cuenta regresiva del locutor del evento llegó a cero y la bocina de aire resonó por toda la avenida. Maya estiró un poco el brazo para evitar que su compañero saliera disparado por la adrenalina y comenzaron el trayecto. El ritmo contenido permitió que el resto de los competidores se adelantaran un poco. Con la zancada y ritmo ajustados, se encontró cómoda como siempre y permitió que el corte de viento que les hacía Rob les aligerara el paso. El público a los lados aún era escaso por la hora, pese a que había sido el cambio de horario. El azul oscuro y el violeta aún predominaban en la bóveda celeste y el frío no daba tregua. Ella volteó a ver que su amiga la siguiera sin problemas.

Llegaron al kilómetro seis y se dieron cuenta porque Sonia cargaba una pancarta que la indicaba, junto a un cartel que rezaba: «¡Vamos, dupla ganadora!» y que tenía una caricatura de la capitana y su mejor amiga.  Maya se mantuvo escondida en su grupo para ahorrar fuerzas y oyó las respiraciones agitadas de los menos preparados. El sonido irregular de una zancada le indicó la proximidad de un accidente. Gritó por ayuda justo cuando el primer desfallecido dio contra el asfalto y los brigadistas corrían a auxiliarlo.

Ya había pasado dos puestos de hidratación y ahora Vika marcaba el kilómetro catorce con otra pancarta. «De seguro esto es plan de Gisela», razonó. La Victoriosa le sonrió con complicidad cuando la vio pasar. Más y más gente se reunía en la acera para presenciar la carrera junto a las torretas de techo rojizo que eran los árboles. El cansancio empezaba a asomar en las piernas de ella y volteó un momento para revisar cómo iba su amiga. Al ver que no flaqueaba, se sintió satisfecha y estaba lista para modificar su andar. Con el cambio en su braceo y zancada empezó a ganar terreno. Ignoró una punzada en la sien y avanzó dejando a Robi atrás. El paso de su amiga era inconfundible detrás de ella.

No esperaba que Mila y Kira estuvieran para indicarle la recta final. Reconoció a la Amada por su sudadera roja y la presencia de la Reina imponía aún fuera de la escuela. Las vallas estaban abarrotadas de gente, porras y matracas. El locutor oficial anunciaba que solo tres chicas y cuatro chicos estaban al frente, muy aventajados. Ella no veía a nadie por delante suyo y reconoció el trotar de su amiga justo por detrás de ella. Así lo habían ensayado. Aceleró a tope a última instancia para asegurar el primer lugar y trató de alejar el dolor de cabeza que la atenazaba. Ignoró el cansancio en su cuerpo y el calor que ardía en su rostro. Faltaban pocos metros para llegar cuando escuchó a Sam apresurar su paso al tope. «Estoy segura de que vas bien, Sam. No te quemes», pensó en el último tramo.

El mundo se empezó a desdibujar cuando cruzó la meta y el locutor gritaba emocionado. El intento de frenar se le hizo pesado y los colores dejaron de tener los tonos que ella reconocía. El fallo en sus piernas la hizo inclinarse hacia un costado y estaba segura de que alguien le hablaba. “¡¡Maya!!”, fue el grito que escuchó con claridad cuando su vista se tornó oscura y antes de sentir que el asfalto se acercaba muy rápido a su costado derecho, solo pudo pensar: «Espero que mamá no haya llegado para verme así». Un dolor estridente en su cabeza le dio la bienvenida a la inconsciencia.

  Maya había salido muy confiada de su examen de Ética. Lo completó en un tiempo récord y le dio oportunidad a su revisor que le anunciara l...

 Maya había salido muy confiada de su examen de Ética. Lo completó en un tiempo récord y le dio oportunidad a su revisor que le anunciara la calificación en persona. Cuando las clases terminaron, quiso ir con Yan a la sesión de karate, pero este la interceptó en el camino y la invitó a salir a algún lado.

            Ese día visitaron uno de los museos de la ciudad —gratuito para los estudiantes— y se sorprendió de lo mucho que sabía de la historia local. El ambiente erudito ayudó a que ella se concentrara en todo el recorrido. Él la guiaba con una delicadeza como si sostuviera una flor de jardín.

            Al día siguiente, cuando el ánimo escolar estaba por los suelos por el azote de las evaluaciones, el muchacho la invitó a una librería vieja. Su única excusa fue que el jueves veían libros nuevos, pero los clásicos y los de segunda mano tenían su encanto también. Cuando salieron del negocio en el que ayudaban, él la guio hasta una tiendita con escaparates de madera donde había muchos títulos mostrándose. El aroma a libros viejos les dio la bienvenida. La chica se sorprendió al ver una gran cantidad de obras que no había leído, aunque no tomó ninguna, le gustó mucho visitar ese lugar. Se sintió como en una obra de ficción sanadora.

            —El señor se parece al librero al que ayudamos, ¿no? —Se inclinó ella para preguntar.

            —Es que son hermanos. Tal vez el negocio familiar son los libros.

            El viernes amenazaba con una lluvia y los truenos retumbaban a la distancia. Las clases de karate seguían sin acontecer, pero él ya la esperaba a la salida de la escuela con dos impermeables, por si acaso, uno a la medida de ella. Se dirigieron a la Alameda Norte y allí él sacó una cámara instantánea con un cartucho ya cargado. Le pidió que se tomaran fotos. Después de una sesión con el tiempo nublado y casi tres cargas gastadas, le mostró la galería que le había hecho.

            —Me gustan. ¿Nos podemos acabar las fotos? —inquirió ella.

            —Siempre sales bien —dijo como para sí—. Ah, claro. Vamos a las jardineras.

Cuando terminaron con las fotos y la batería de la cámara, salieron al andador, pero él se rasgó su playera oscura al pasar por la cerca. Miró con cierta aprehensión el corte de su ropa y suspiró resignado.

            —Qué mal… Oye, esta playera estaba ya muy gastada —dijo ella cuando la vio de cerca.

            —No pasa nada, debo de tener más. Todo mi armario es negro, creo que sí tengo…

Se sentaron a observar toda la sesión, mientras el aroma otoñal los rodeaba. Él se quedó con unas pocas fotos y le regaló casi todas a ella. Yan decía que su pretendiente debía de saber cuál era el lado bueno para las fotos y también saber tomarlas para el recuerdo.

            —Bueno, pero no tengo lados malos, ¿no? —quiso bromear la chica.

            Era la segunda vez que el muchacho se quedaba sin saber qué decir frente a ella.

El sábado la había invitado a salir a una galería, pero Maya desistió. Decía que tenía que estar lista para la carrera del domingo, pues era importante para ella. Cuando el lienzo celestial ya pintaba entre los rosas y morados intensos, ya había terminado de entrenar y se disponía a regresar en compañía de Sam a su casa. Varios mensajes habían llegado a su teléfono. El último la hizo sonreír: «¿Tú no descansas o qué? Amos por unos tacos para que agarres fuerza».

Sam se había quedado en una cenaduría cercana mientras la pareja hacía otro simulacro de cita. A pesar de la buena sazón, ella comió muy poco y combatía el cansancio de haber entrenado todo el día. Yan le pidió al final un jugo en conito para que se llenara de azúcar. Cuando salieron, ella aún se reía de cómo él había pedido sus órdenes.

—Otra vez, ¿cómo fue? —preguntó al inclinar la cabeza.

—“Tres de abdomen con pasto y llorona, mai. Una sinsabor y para mí lo diciembre”. O sea: Tres de suadero, con cilantro y cebolla. Una botella de agua y para mí lo de siempre.

—Ya te conocen en la taquería. Claro.

—Son los mejores de asada de este lado y queda cerca de tu casa.

Estuvieron un rato andando hasta el cruce de su casa cuando él tuvo que despedirse por un mensaje que le llegó. Antes de emprender camino, miró con preocupación a la chica. Ella le adivinó el pensamiento.

—Estoy bien, Yan. Solo debo dormir. Buenas noches.

Maya y su sombra se encaminaron hasta sus casas y ella no dejó de pensar en lo bien que lo había pasado en la primera fase de segundos parciales. Todo gracias a su amigo.

 

La residencia Vega estaba inundada por el sonido del resumen deportivo que tenía sintonizado el papá. Fue hasta la cocina donde su hija ya se preparaba un té.

            —No te oí llegar. ¿Dónde andabas? Más bien, ¿dónde has estado en toda la semana?

            —Estuve saliendo con alguien.

            Él dejó de prepararse su botana para alzar la vista. Hizo memoria y miró en dirección a la entrada.

            —¿Con Samantha? Mija, pues para mí no es tu tipo.

            —Con Yan, papá. —Puso los ojos en blanco y sonrió.

            —Ah, el muchacho García. ¿Y qué todo hacen cuando salen?

            —Tenemos citas. O sea, no son de verdad, las ensayamos. —Tomó unas galletas de debajo de la barra y encontró a su papá mirándola con fijeza—. Fue idea de Gis. ¿No te dije?

            —¿La chica de las Castillo? —El señor meditó un momento mientras una cantidad peligrosa de salsa se vaciaba en su plato—. ¿Y cuál es la excusa?, ¿mejorar tus estándares? —se rio.

            —Ey —contestó distraída.

            —Pues me parece bien —dijo y se percató del caldo picoso que había preparado sin querer—. ¿Te quedan fuerzas para salir después del régimen que te has puesto?

            —Claro que sí, papá. Estoy bien —mintió y se disculpó para irse a su cuarto.

A ella se le hizo raro que no dijera nada de que salía con Yan. Además, no notó la mirada de preocupación que tenía su padre cuando subió las escaleras con un andar pesado. Tampoco se percató en qué momento se sumergió al reino onírico, presa del cansancio que se asentaba en su cuerpo.

 La verdadera naturaleza de Kira se muestra en este capítulo.   Kira llevaba el paso apurado de la gente ocupada mientras trataba de mante...

 La verdadera naturaleza de Kira se muestra en este capítulo. 

Kira llevaba el paso apurado de la gente ocupada mientras trataba de mantener el papel que encarnaba en la escuela. Los alumnos al verla pasar rehuían de su mirada o se comportaban mejor. Se dirigía de la biblioteca a las Academias y su andar hacía eco con el silencio que dejaba atrás.

El día anterior, miércoles veintidós de octubre, había hecho que la alumna modelo presentara el examen a título de suficiencia de Ética. Obtuvo puntuación perfecta como era de esperarse, y la Reina misma la había subido a la plataforma como calificación global. Pasó cerca de una muchacha que bailaba junto a una bocina el tema Shake It Off con el timbre inconfundible de Taylor Swift.

—Compañera, o la apagas o te pones audífonos —le habló en un tono neutral.

La chica volteó molesta, pero su semblante cambió apenas vio de quién se trataba.

—Sí, presidenta. —Apagó la música y se metió a los salones de quinto.

Siguió con su trayecto, pues tenía demasiados pendientes. Las semanas de evaluaciones se llenaban de reportes tanto de alumnado como de personal docente y debía resolverlos a la brevedad posible. Que si un alumno hizo trampa, que si un profesor puso un tema que no vieron… Todo eso debía juzgarse bajo reglamento y escuchando ambas partes para después, con toda la frialdad posible, dar un veredicto.

Aunque ella agradecía la recomendación de Gisela para aceptar el puesto, a veces odiaba el personaje que debía interpretar, frío y calculador. Y hablando de odiar, una de las personas que más detestaba se le apareció en su campo de visión. Incluso la luz parecía cambiar de color cuando vislumbró al profesor de Ética acercarse con su sonrisa y cabello falso. «Ojalá se le caiga ese feo peluquín un día de estos», pensó.

—Señorita Kira, buenos días. Me da mucho gusto verla —saludó mientras una sonrisa fingida remarcaba sus arrugas—. ¿Puedo hablar de algo con usted? Es sobre una de las chiquillas de mi clase.

—Buen día, profesor Arturo. ¿Qué sucede? —habló con una monotonía que no denotaba nada.

—Verá, espero me pueda ayudar y yo después le ayudo. Acabo de checar las calificaciones de mis alumnos y resulta que Maya Vega tiene calificación global de diez. Yo la expulsé de mi clase y el examen a título de suficiencia debió ser aplicado hasta finales de…

—En circunstancias normales, se aplica al terminar el semestre, pero no es el caso. La subdirectora autorizó que fuera en estas fechas.

—Ah, veo que se pasan el reglamento por alto. ¡Qué descaro de…!

—Según los derechos de los estudiantes, cuando hubo un caso de indisciplina tanto del docente y alumno, la evaluación debe aplicarse por una persona externa a la Academia y evaluarse por una ajena a la institución. Esto para evitar represalias o resultados subjetivos. Artículo quince, pero usted ya sabía, porque es abogado.  «Uno muy malo, por cierto», pensó.

El profesor enrojeció un instante y dio un ligero paso hacia atrás. Intentaba decir algo, pero solo pudo balbucear. Un par de muchachos, a su derecha en una banca, bajaron la voz para escuchar sin disimulo la conversación.

—No sé de qué me hable, señorita.

—A varios de sus alumnos les pidió dinero, favores y sobornos en especie, profesor Arturo. Eso solo de lo que tenemos constancia. Hay testigos que dicen que Maya Vega lo señaló de corrupto frente a la clase —dijo mientras le clavaba la mirada, y «también lo tachó de estúpido, pero no hace falta remarcar lo obvio», pensó—. Por eso se aplicó el artículo quince.

El profesor torció el gesto y se sacudió su saco claramente ofendido. El tufo a perfume barato le llegó a Kira. Ese acto hizo que el repudio creciera más.

—¿Ah, sí? Yo siento que estuvo mal. Como aquí toda la bola de burros hace lo que quiere, tendré que llamarle a mi amigo, el secretario de Educación del Estado.

Kira alzó el rostro y lo miró por encima de la nariz, pues el docente intentaba ponerla en jaque.

—Cuando guste, yo misma le puedo llamar a mi padrino para que venga a hablar con usted. Indíqueme, por favor, ¿cuál sería el momento más oportuno para agendar esa reunión?

La Reina no reaccionaba bien ante esas jugadas. El profesor le había colmado la paciencia y a ella le estaba costando mantener su máscara. Debido a su osadía, ahora él se veía acorralado. El color de su semblante empezó a desvanecerse y se ajustó el peluquín con nerviosismo.

—Bueno, tal vez no haga falta que venga. Solo se trata de la alumna “modelo” —‍entrecomilló con las manos—, sus diez reportes y su descaro. —Se aclaró la garganta—. Solo le advierto, señorita Cuevas, que no debería ponerse en mi contra. Recuerde que el director…

Ella alzó la mano con una rapidez que pareció un bofetón e hizo callarlo. Dio un paso al frente y habló en un susurro teatral bastante audible.

—Usted llega a creer que el director lo protege, pero no es así. Le tiene lástima. Y no piense que él es todo poderoso aquí. Él podrá tocar o escribir la sinfonía, pero quién dirige la orquesta soy yo. —Se señaló con petulancia—. Él podrá tener el terreno, pero yo soy la guardabosques. Yo tengo que lidiar con los estultos que no saben guiarse. No sé si me entienda, pero los problemas los soluciono por mi cuenta, solo que a veces heredo errores con los que tengo que convivir.

—¿Me estás diciendo error? —la tuteó con coraje.

—Usted vino aquí a quererme amedrentar, sobornar o asustar, no tengo idea qué trataba de hacer, pero yo no soy alguien que reaccione bien ante sus intentos ridículos de dominio.

—¡Oye, muchachita…!

Kira le lanzó una mirada tan siniestra y llena de odio que hubiera hecho palidecer a su amiga Zaza. El profe Arturo enmudeció enseguida.

—Le sugiero que cuando se vaya y se refugie en su miserable existencia, solo quiero que piense en algo: usted no da miedo. Nada. Y al recordar este fatídico encuentro, solo le llegue esta palabra a su mente. —Se inclinó un poco sin dejar de mirarlo—. ¡Bu!

El profesor tragó saliva y se dio media vuelta con torpeza para apresurar el paso y perderse entre los edificios.

—¡Pinche cobarde! ¿Lo viste? —hablaron los alumnos que presenciaron el duelo de voluntades, pero enmudecieron y se retiraron en cuanto Kira volteó a verlos con la misma expresión que mantuvo con su rival.

A la chica aún le temblaba el puño que había apretado durante su discusión y retomó camino. Había aprendido de Bestia a serenarse mediante la respiración y su papel de la Reina volvía a asentarse en ella. Se dirigió hasta el perímetro de la escuela para que nadie pudiera ver cómo se desmoronaba. Cuando por fin pudo reunir los pedazos y reincorporarse, vio a Maya que de seguro daba su tercera vuelta a toda la institución. Su sombra la seguía muy de cerca con evidente cansancio. «Diez reportes», repitió en su mente.

Trató de no pensar en lo que le había dicho el profesor de su compañera y subordinada de la Mesa del Alumnado. «Si el profesor Eric estuviera aquí, me sería todo más fácil», caviló. Sin embargo, él llevaba varios días fuera de la escuela.

Demasiadas preocupaciones tenían abrumada a la Reina, tanto que le hizo interpretar un momento innecesario de fanfarronería. Ella pensaba que podía dominar en su tablero, pero la amenaza sobre la alumna Vega la hizo dudar. Además, tenía una pregunta muy apremiante en su cabeza: «¿Quién me está ocultando los reportes sobre ella?».

Este es uno de los últimos capítulos que publicaré de la novela. A menos que ustedes pidan más. Vamos con el capítulo 22. Maya iba a la ca...

Este es uno de los últimos capítulos que publicaré de la novela. A menos que ustedes pidan más. Vamos con el capítulo 22.

Maya iba a la carrera para su cita del veintiuno de octubre. Yan le había dicho que se vieran afuera del Cine Deluxe. Su suéter le atajaba el frío y sus botas altas eran lo bastante cómodas para correr. Apenas tuvo a la vista el lugar, aminoró el paso para serenarse. Tropezó con la banqueta en mal estado y antes de trastabillar, alguien la sujetó por el antebrazo.

            —Con lo que se paga de impuestos están bien feas las calles, ¿no? —El muchacho tenía una sonrisa dibujada y la reincorporó con mesura.

            —Hola, Yan, buenas tardes.

            —Siempre te andas tropezando, Maya. Buenas tardes.

            —Pues, es que me caigo de buena, Yan. —Se quedó viéndolo expectante.

            Él soltó una carcajada después de parpadear.

            —¡No me esperaba ese chiste! Menos de ti que… como sea. ¿Pasamos? —Su mirada se paseó por el semblante de Maya un instante—. Oye, ¿te encuentras bien? Te ves un poco molida.

            Maya tardó en decidir si ofenderse o no. Su chamarra con estoperoles le daba un aspecto de tipo rudo, pero desentonaba con su cara de preocupación.

            —Ah, es que estuve entrenando toda la mañana y un poco en la tarde. Me dijiste que no me necesitabas con don Mario y aproveché para practicar otro rato. ¡Pero todo bien! ¿No me crees capaz de conocer mis límites? —Ladeó la cabeza.

            —Si dices que estás bien, te creo. ¡Vamos adentro!

En el recibidor del cine reinaba el rojo en los muros y en la alfombra que cubría casi todo el piso. Había carteles de películas pasadas o clásicas distribuidas en todas las paredes, pues era lo que siempre proyectaban. La taquilla tenía el aspecto antiguo con ventana de vidrio, una rendija para hablar y una impresora dedicada únicamente para los boletos. La dulcería tenía de todo tipo de palomitas, refrescos y dulces. El aroma de las botanas saladas como los nachos y el queso predominaban sobre el de la mantequilla artificial.

            Yan tenía ya los boletos comprados y, a pesar de la gente, salieron rápido de la fila de dulcería. Le indicó la sala de su función y caminaron por el largo pasillo de luces rojas para dirigirse a sus asientos numerados. El aspecto de tipo galería del lugar le pareció inusual a Maya. Una barra separaba las dos secciones de la sala y ellos se sentaron en la fila más baja de la parte de arriba.

            Las luces se atenuaron y los comerciales empezaron a desfilar en pantalla. Cuando estaban por llegar a su fin, a ella se le ocurrió la pregunta más obvia.

            —¿Qué película vamos a ver?

            —Una que me dijiste que no habías visto —contestó él sin dejar de ver al frente.

            En cuanto el nombre del estudio apareció con el niño y la Luna, llegó a su mente el recuerdo y la respuesta. Se recostó en su lugar para disfrutar de la obra que no pudo en su fecha de lanzamiento.

            La risa, la ternura y la expectación la invadían a medida que avanzaba la película. Yan le hacía comentarios o chistes de forma tan tácita que debía inclinarse para escucharlo.

            —Esto lo haces para poder oler mi perfume, ¿verdad? —bromeó ella.

            —Estoy seguro de que toda la fila puede percibirlo.

            Le dio un codazo amistoso y se volvió a acomodar en su asiento. Las palomitas solo llegaron hasta la mitad del filme y el refresco fue ignorado casi al final cuando el gas le dejó un sinsabor. En la escena donde el protagonista ayuda a restaurar la creencia de un niño, Maya no pudo evitar soltar unas lágrimas. Yan le extendió un pañuelo sin voltear a verla y ella lo agradeció. Cuando el final estaba cerca, ella estaba al borde del asiento contemplando maravillada el desenlace. Se relajó un poco cuando empezaron los créditos.

            —Estuvo muy bonita —susurró—. Te lo agradezco mucho, amigo.

            —Espera, hay escenas en los créditos.

            Maya no pudo evitar reír ante los gags finales y después conmoverse de nuevo por la canción con letra que sonaba. Las luces empezaron a encenderse y Yan le ofreció un brazo para ayudar a levantarse. Se encaminaron fuera de la sala sin decirse mucho y ella se disculpó para ir al baño. En los lavabos se topó con una figura reconocida envuelta en una hoodie.

            —Buenas noches —saludó la chica, sin mostrar del todo su rostro.

            Maya se dio cuenta de quién se trataba y la saludó con torpeza. Al salir, se dirigió con su amigo para hablar sobre la función.

            —¡No puedo creer que me haya perdido El Origen de los Guardianes! —habló emocionada—. Excepto por el diseño de los niños, ¡todo es hermoso!

            —Como para sacarte una lágrima.

            —No te estás burlando de mí, ¿o sí? —Lo miró de reojo.

            —Nah, Maya. Puedes llorar, reír, suspirar, para eso son las películas. Que no te cisquen unos idiotas por lo que piensan.

            Ella recordó la escena en concreto que la descompuso un poco y le surgió una duda.

            —¿A ti qué escena te conmueve? Porque sí hay una, ¿no?

            El empezó a andar mientras cavilaba. Se llevó una mano a la barbilla antes de contestar.

            —La parte donde Jack va a jugar con su hermana y después tiene que salvarla. Yo diría que es mi parte favorita y la que más me mueve algo.

            La chica abrió mucho los ojos, no esperaba esa respuesta. Pensaba que iba a responder la escena final, donde escuchó la mayoría de los sollozos.

            —Esa es la parte donde él…

            —Se convierte en Guardián, sí. Me encanta.

            —Pero él…

            —Era algo que tenía que hacerse y era el único que podía hacerlo. Fue el costo más alto para Jack, pero la pinche recompensa… creo que lo valía.

            A pesar de las diferencias físicas, Maya pudo ver por un instante a Jack reflejado en su cita. Quiso preguntar algo, pero las palabras no salieron. Se quedaron en su mente, al borde de su habla. «¿Tú hubieras hecho lo mismo?»

 

Salieron al frío de octubre y ella se caló su gorro para cubrirse las orejas. Yan le ofreció unos guantes, pero ella se negó. Anduvieron en la calle sin decirse palabras. La gente entraba y salía de la plaza que estaba a pocos metros del cine y donde habían tenido su cita en la cafetería. A Maya le afectaba el frío más de lo que quería admitir, estaba por aceptar la oferta de su cita cuando algo llamó su atención. Alzó la mirada cuando escuchó la voz suave de Mila que conversaba con alguien.

            —¡La más bonita de Navidad! Todavía no estamos en fechas, pero me encanta, me encanta.

            —Yo creo que solo otra animada va a superarla —comentó Gis al lado de ella.

            Iban con paso lento por enfrente de Yan y Maya. Ambas lucían atuendos similares, de abrigos ligeros, solo que el de Mila era de un rojo intenso que combinaba con la cabellera de su amiga. Voltearon justo a tiempo para cruzar miradas.

            —¡Holis, holis, amiguis! —Saludó Mila—. ¿De dónde vienen los actores de citas?

            —Del cine. Creo que vimos la misma película —contestó Maya.

            —¿En serio? —Se abalanzó sobre ella mientras la sujetaba con delicadeza de los brazos—. ¿No te parece hermosa? El Hada, Santa, el Conejo, ¡todos!

            La emoción con la que Mila repasó detalles del filme le conmovió más a Maya que la obra en sí. Hacía mímicas, voces y efectos de sonido. Tal vez la conversación se hubiera extendido una hora, hasta que Bestia se aclaró la garganta.

            —Su campeona ha llegado por usted, Princesita —anunció Yan al señalar a su izquierda.

            Los saludos y despedidas fueron efímeras. Antes de que se dieran el último adiós finale ultimo, Yan fue sorprendido por un comentario.

            —Creí que nuestra primera cita de ensayo sería en el cine, pero me gustó que fuera hasta este momento.

            —Una primera cita en el cine no es tan buena idea, porque durante la peli no puedes hablar mucho. Además, en gustos se rompen géneros.

            —Y elegir una película sería mucho relajo —meditó ella—. Pues sí. O tardarías mucho tiempo en la fila de los boletos o de dulcería… tienes razón, no es tan buena idea.

            Bestia asintió satisfecho.

            —Adiós, chicas. ¡Buenas noches!

            Cuando Yan estaba por encaminarse sin rumbo fijo a la placita para ver las decoraciones de la temporada, o sumergirse en el aburrimiento creativo, notó que don Barín lo observaba desde la entrada del edificio. Engalanado con el mismo uniforme de guardia con el que lo vio la última vez, tenía en su cara la misma expresión enternecida que un abuelo le dedicaría a su nieto. El muchacho sonrió para sí, mientras su mente se paseaba entre las imágenes conmovedoras que le habían dejado tanto el filme como sus amigas, y el cansancio que asomaba en el cuerpo de Maya.

«Me imaginé que iba a estar más encabronado », fue lo que pensó Yan después de salir del despacho del coordinador de Deportes y se dirigía...


«Me imaginé que iba a estar más encabronado», fue lo que pensó Yan después de salir del despacho del coordinador de Deportes y se dirigía a la oficina del director. El profesor Liam se estuvo carcajeando de que Maya enfrentara al “cochino” profesor de Historia. “Se merece que lo expusieran como el mirón que es. Me da mucho gusto”, le había dicho. Incluso la secretaria ahí presente se estaba riendo.

    La tensión había bajado un poco. Sin embargo, Yan sospechaba que el asesor de Maya, el profesor Eric, no estaría tan contento. “Yo me encargo de él en cuanto vuelva de su compromiso”, fue lo que el coordinador dijo y le dio anuncio de que el director lo requería. Liam, Gisela y la secretaria se quedaron platicando de otros asuntos cuando el joven cerró la puerta del despacho.

 

Cuando entró a la ostentosa dirección, Yan dejó de sentir frío, pero no todo el nerviosismo abandonó su cuerpo. Se calentó las manos con el aliento mientras andaba por el pasillo y al pasar junto a la recepcionista general, esta lo ignoró. Ella cantaba a todo pulmón una canción de Ana Gabriel mientras acomodaba unos documentos. La pasión con la que entonaba Simplemente amigos relajó un poco al muchacho.

    La caoba de la sala de espera del director reinaba todo el interior. Un nuevo cuadro de él mismo se alzaba a la izquierda con una sonrisa que mostraba demasiados dientes. Su amiga, quien fungía como asistente en dirección, estaba sentada en el escritorio debajo de la foto, lo miró con complicidad y le indicó con una seña que guardara silencio. Yan se colocó unos audífonos retro de diadema con esponja color naranja, al tiempo que simulaba estar escuchando música en el walkman sin pila del profe Liam. Se acomodó en una silla afelpada mientras escuchaba la discusión al otro lado de la pesada puerta de madera.

    —…no viste la ceremonia de premiación ni el discurso del secretario de Educación —comentaba con un deje de regaño la subdirectora—. ¿Al menos viste las fotos?

    Pues no, Karla, tenía y tengo cosas que hacer. Y ya habían anunciado al ganador. Era el muchacho Bestia como había quedado.

    —¿Lo forzaste a que ganara? —esta vez el enojo se sentía a través de la puerta.

    Yo no le dije que tenía que ganar, le dije que estaría bien si pudiera ganar. Era buena imagen para la escuela y podemos pedir más presupuesto el año que viene.

    Tanta presión es mala para los jóvenes. ¿Cuántos lesionados crees que tuvimos?

    ¿Cuatro…? No tengo ni idea ¡Teníamos paramédicos y la Brigada Escolar! Nada pasó, Karlita. Y si pasaba algo malo, el profe Eric lo podría solucionar.

    Pues de todos los abogados que juntaste aquí, es el único que parece hacer bien su trabajo.

    ¿Cómo que de todos…?

    Me retiro, Osvaldo, yo también tengo cosas que hacer —dijo con burla al director.

    La puerta se abrió y la subdirectora salió con aire resuelto. Se acomodó el fleco hacia la derecha y miró a Yan por encima de sus gafas. Él se quitó los audífonos antes de saludarla.

    —Buen día, sub.

    —A mí no me engañas, Yan —musitó antes de señalar su walkman que no funcionaba—‍. Sé por qué hiciste lo del torneo, pero estás pisando hielo quebradizo.

    Yan palideció un momento. «Supongo que alguien tenía que darse cuenta además de Liam y mis amigas», razonó.

    —Maestra, de verdad que no sé de qué hable. —Su expresión era una cara de póker.

    —No porque siempre vivas con riesgos… —Se aclaró la garganta para recomponerse—‍. Solo digo que seas más cuidadoso.

    —Yo vivo con mucho cuidado siempre.

    Se sostuvieron la mirada un momento hasta que la subdirectora se despidió con educación. Yan dejó caer los hombros para relajarse. Su respiración tuvo que regularla hasta que el mundo le pareció nítido de nuevo.

    —El director te espera, Yan —le habló su amiga Zaza—. Puedes entrar.

    Él le sonrió y pasó al despacho del mandamás.

 

El montón de alabanzas y felicitaciones que recibió Yan fueron protocolarias. Era la cuarta vez que así sucedía después del Abierto de Artes Marciales, aunque no siempre lo ganara. La laptop al frente del director desplegaba fotos que el joven no alcanzaba a ver, pero supo de cuáles se trataba, pues tenía conectada la memoria que él mismo le dio a Pedro, el fotógrafo asignado para esos eventos. El dispositivo de color rojo en forma de robot contrastaba con el equipo blanco al que estaba enchufado.

    Nada en la oficina había cambiado desde la última vez que estuvo ahí, salvo por un aromatizante que al muchacho le pareció empalagoso como la personalidad del dueño del lugar. El director no mencionó en momento alguno el discurso del secretario de Educación ni la nota en el periódico local con la foto de Maya en ella.  

    —Bueno, García, dime, ¡pero piénsale bien! ¿Qué quieres? Lo que prometiste lo cumpliste, incluidas las fotos. ¡Tú pide! —Chasqueó los dedos.

    Yan esperaba esa pregunta al reacomodarse en la silla. Respiró hondo para dejar de sentir un poco la tensión.

    —Había unas becas de excelencia y de “Promesas del Mañana” que antes daban aquí en el Estado. Quiero una de esas, dire. La de treinta mil es la que me interesa.

    —Eso es poco para una beca, ¿no? ¿O es mucho? La verdad es que yo no sé nada de esas cosas.

    «¡No me jodas con este cabrón que no sabe un carajo!», razonó Yan. Se relajó más en la comodidad de su asiento antes de contestar.

    —Pues es lo suficiente, creo. Quiero estudiar en una universidad en la capital y son como dos horas de viaje. Me voy a comprar una carcacha para ir y venir los fines de semana.

    —Ah, cierto, muchacho. Una universidad de aquí… ¡Pues me parece bien! Ahí tengo unos formatos con su guía de llenado y todo. Permíteme… —Se giró para buscar en unas carpetas a su derecha. Habló después de unos instantes—. Mira, este ya tiene la firma de la subdirectora y sin fecha. Es casi como un cheque en blanco. ¡Tómalo!

    Yan aceptó con una visible serenidad el documento, pero su pecho casi dio un vuelco. «No puedo creer lo fácil que fue. Ahora ella tiene una piedra menos en el camino», meditó.

    —Se lo agradezco, dire. Aprovechando que los tiene ahí, ¿me rola otro? Solo por si en este la cago. Es que soy muy torpe para la burrocracia.

    —Claro, muchacho, ¡faltaba más! —Sonrió de forma exagerada.

    Cuando Yan salió del despacho del mandamás, pasó junto a Zaza y le sonrió con complicidad. Quería salir corriendo del lugar y dar saltos, pero sería muy mala idea. Pasó junto a la secretaria que, al verlo, se quedó callada a medio coro de Quién como tú de Ana Gabriel.

    —No se fije de mí —le aconsejó Yan—, ¡cántele!

    Salió al fresco de octubre, mientras le hacía segunda voz a la secretaria que entonaba con todas sus fuerzas el tema. El aroma de las flores de cempasúchil, del próximo evento escolar, le llenaron los pulmones cuando tomó rumbo a la salida. El tramposo excepcional le había ganado al restrictivo juego del director.

Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de...

Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de los profesores dieron su clase para que los alumnos pudieran prepararse. El grupo improvisado de Kira, Mila, Gisela, Vika, Lucas y él habían tomado las bancas junto a la pista de atletismo para estudiar.

     —¡Qué mamada es esto! —vociferó Vika mientras azotaba su libreta contra el pasto—. Para empezar, nadie en prepa lleva deportes como materia y nosotros sí. ¿A quién se le ocurrió? Y todavía tenemos un examen teórico de esto.

    Kira suspiró sonoramente e hizo que Vika se callara en el acto.

    —Fue el “flamante” plan de estudios que pidió el exgobernador —explicó con serenidad—. Llevamos deportes, especialidades, lectura obligada y artes como ninguna otra escuela. Debo suponer que es mera vanidad.

       —O sea, nos quiere guapos, listos pa’ chambear, letrados y artísticos para enaltecer su imagen —añadió Gisela que tenía su vista clavada en la libreta.

       —¿Por eso la biblioteca tiene tres pinches pisos? —preguntó Vika.

     —También los talleres —observó Yan—. Todo en esta escuela es largo o grande. A lo mejor es para compensar algo.

      —Yan, por favor —volteó a verlo Kira.

       —Ay, no creo que sea el único que lo haya pensado del exgobernador.

      —Si le importara de verdad —comentó Vika—, tendríamos mejores maestros, algunos son unos reverendos…

    —Lo sé —afirmó Kira—, pero la mayoría son muy buenos y expertos en su materia. Por favor, concéntrense.

    Siguieron estudiando unos minutos más hasta que escucharon el trotar de dos personas en la pista. Fue Mila quien se dio cuenta de quiénes eran.

    —¿Mayita y Sam están practicando?

    Bestia alzó la vista extrañado, pues sabía que el profesor de Historia no había cancelado su clase. Según le informaron, nadie de humanidades. La Amada les hizo una seña para que se acercaran.

    —¿No deberías estar en clase, bonita? —preguntó Gis con una sonrisa, pero su voz tenía un deje de preocupación.

    —Debería —habló entre inspiraciones—, pero el profesor dijo que me podía retirar de su materia para siempre. Ahora tengo dos clases libres.

    La calma con lo que lo dijo le causó un vacío en el estómago a Yan. Maya parecía de lo más tranquila y hasta sonreía. Sam, detrás de ella, tenía la misma cara de angustia que él debía tener.

    —¿Te expulsó? ¿Por qué?

    —Los comentarios sobre la ropa de las chicas debería guardárselos. ¿Qué le importa que Zaza lleve una falda larga? Le pagan por dar clases, no por vernos las piernas.

    —A mí el cabrón nunca me ha visto mis monumentales piernas —bromeó Lucas—. ¡Me siento indignado!

    —Lo enfrenté como lo harías tú, Yan, y cuando le dije que si podía grabar su postura, me sacó de la clase y me amenazó de reportarme. Pero no me han citado para eso, tampoco a mi papá. —Se encogió de hombros.

    —¿Quieren juntarse a estudiar? —ofreció Gis para calmar la situación.

    —Les puedo prestar mis notas si quieren. Y Sam va a estudiar conmigo en la tarde. O sea, si no tengo que ayudarte, Yan.

    Él tardó en reaccionar. Ahora su amiga acumulaba dos expulsiones de clases. Le pesaron las palabras de aquel profesor, sobre que juntarse con ella le afectaría. Tragó saliva intentando pasarse también la culpa mientras apretaba los puños.

    —No, amiga. Ya se acerca el final del año, el hijo de la panadera ya volvió y nos echa la mano. No hace falta que vengas hoy.

    —Ah, bien. Si me necesitas, solo avísame. Nos vemos, chicos. ¡Hay que practicar para la carrera de la ciudad!

    Antes de que levantara más polvo de la pista, Kira la sujetó de la manga.

    —Maya, ¿quieres tomar el examen que dijimos este miércoles? En tu hora libre. Puede venir un catedrático de la universidad a revisarte y te lo aplicaría alguien de otra Academia.

    —Me parece bien. Me dices en qué lugar lo aplico.

    Se despidió con una cabezada y empezó a correr dejando el alma y a Sam atrás.

    Yan volteó a ver a su mejor amiga. Ella revisó su teléfono a toda prisa para responder a la pregunta implícita.

    —Con este sería su octavo reporte —susurró.

    —Pues yo me alegro de que alguien le bajara de huevos al degenerado ese —comentó Lucas sin despegar la vista de sus notas.

    Kira tenía la mano sobre la barbilla. Sacudió la cabeza para comentar.

    —¿Ocho…? Eso no puede ser… —musitó—. Me retiro, debo revisar algo.

    Yan tuvo que tomar asiento, pues la impresión de esa noticia le había caído de golpe. Se llevó una mano al pecho y habló indignado.

    —¿Pueden creer a ese pendejo? —Volteó a ver a sus amigos—. Solo le dijo…

    Sonó una notificación y hasta entonces notó que su teléfono tenía una ola de mensajes; casi todos eran de la Movida. Mientras leía, iba palideciendo cada vez más: “El idiota del profe sí me veía las piernas”. “Le dijo a Maya que se saliera”. “La intentó detener después, pero ella lo ignoró”. “Sam salió detrás de ella”. “Ya se fue el profe a la mierda”. “Oye, se juntó con las otras víboras de humanidades”. “Se fueron todos a la Academia”. “Voy a mi puesto, al rato les informo más”.

    Intentó respirar hondo para calmarse y llegó un último mensaje, del profesor Liam. “A mi oficina en este momento”.

    Bella alcanzó a leer el texto. Lo miró con preocupación y se ofreció a acompañarlo. Cuando se retiraron, fue Vika quien habló.

    —No mames… ¿Creen que se vaya a armar la gorda con esos dos?

    —¡Ay, no, no! Me preocupa más que la Reina se fue sin explicar nada —habló Mila con un hilo de voz.


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