Nota del autor: Este es el último capítulo que subiré a este sitio web. Gracias por acompañarme en este viaje. Ha sido un placer y espero que disfruten la novela ya publicada. Este capítulo es el previo a la desgracia personal de Maya, donde el destino es un desgraciado para ella. Y, no muy lejos, la desgracia de Yan y giro principal de tuerca aparece en el capítulo 29. Ahí es donde por fin aparece el secreto en el corazón de la Bestia. Por favor, disfruten la lectura:
Maya había discutido como una furia con
otro de sus profesores el día anterior. La novedad fue que esta vez sucedió
afuera del aula. El profesor de geografía la esperó a que saliera de su clase
de artes para leerle la cartilla y advertirle que le bajara a sus quejas. La
respuesta de la chica fue: “Les pagan demasiado bien por nada. A usted no lo
mataría explicar una clase de vez en cuando. Cuando me diga, paso a cobrar mi
cheque por las clases que yo di”. El docente tenía la expresión de querer cruzarle
una bofetada, pero solo se retiró indignado.
Para
su buena suerte —y su salud mental—, las clases del viernes se suspendieron
definitivamente y solo debía de concentrarse en el atuendo que llevaría a la
fiesta de Bella y Bestia. Había elegido un disfraz sencillo de vestido blanco,
velo y maquillaje de lágrimas negras para emular a la Llorona. Sam había ido
temprano a su casa para prestarle una larga peluca negra de los cosplays que
ella usaba. Su mejor amiga iba con uno sencillo de Shy Guy de Super-Mario y, lo
que le faltaba de largo a su bata roja, lo compensó con unas mallas blancas.
Una
ligera llovizna se apreciaba por fuera del vehículo del señor Vega. Los vidrios
empañados y el clima hacían juego con el treinta y uno de octubre, Halloween.
Maya solo se concentraba en ver a su mamá en el asiento del copiloto. El velo
le permitía esa libertad sin que pareciera evidente. «La he visto más tiempo en
estos días que en todo el año», meditó. Se alegraba de poder compartir momentos
con ella, pues su labor de capacitadora y sus viajes nunca la dejaban con
espacio para su familia.
Al
llegar al domicilio, cerca de las cuatro de la tarde, la madre insistió en
acompañarlas hasta la puerta. Apenas tocaron, se oyeron ligeros murmullos al
otro lado y una música siniestra.
—Pasamos
por ustedes despuesito de las diez, ¿está bien? Y por favor, sean educa… ¡Ay,
Dios mío! Niña, me pusiste un susto —exclamó al ver la figura que le abrió la
puerta—. Yo creo que voy a tener pesadillas.
—El
gusto también es mío, madre de Maya —saludó Zaza e hizo una reverencia—. Y le
agradezco tan bonito cumplido.
Maya
también contuvo un gritito cuando vio a la Movida. Un disfraz de payasita en
blanco y negro que lucía con desenvoltura. Contaba con varios arácnidos pegados
al sombrero y redes oscuras que escurrían de este. En su rostro, no había más
que negrura en las cuencas de sus ojos y donde terminaban estas, se extendían
un poco más unas grietas con forma de telarañas. Cuando sonrió, el maquillaje
en la comisura de los labios dibujó más detalles de grietas. La señora se
persignó antes de dejar a las muchachas en aquel lugar e irse.
El
aroma de dulces de calabaza y otros bocadillos recibieron a las chicas.
Entraron a una salita donde estaban varios muchachos con disfraces sencillos.
Había dos luchadores y varias finale girls de películas de miedo con
peinados muy estilizados. Zaza los presentó como alumnado y practicantes de la
mamá de Gis.
Más adelante se encontraba
un comedor amplio con dos mesas enormes, rodeadas de sillas y bancas
acojinadas. Las decoraciones de la temporada fueron colocadas en las paredes y
en una esquina estaba el aparato de sonido que ambientaba la celebración. En las
mesas pudo ver a Mila, caracterizada como una chica vampiro con un largo
vestido rojo y unos colmillos relucientes. A su lado se encontraba Kira, quien
conversaba muy sonriente con ella. Jugaba con la horquilla de su cabello y se
acomodaba distraídamente la manga de su disfraz de maestra de kung-fu. El
semblante amable desentonaba con la expresión fría que mantenía en la escuela.
Mila las invitó a sentarse
cuando vieron aparecer a Yan junto a Vika cargando unas cajas de refrescos. La
Victoriosa lucía sus bíceps gracias a su disfraz de Lara Croft y después de
unos momentos, lograron dar con la identidad del de Yan: Fred de Scooby Doo.
Sam explicó que su versión era la de un cómic.
Después de bajar las cajas,
fueron a saludar. Bestia recibió su felicitación de cumpleaños, abrazó con
torpeza a Maya y su excusa fue que no quería maltratarle el vestido, pues se
veía caro. La chica puso los ojos en blanco y preguntó dónde dejar los regalos
que llevaba.
Cuando iban a tomar asiento,
apareció la madre de Gisela, que era como una versión adulta de ella. Con el
mismo cabello rojo, semblante sonriente, pero usando concienzudamente el
maquillaje. Después de unos saludos efusivos, las recién llegadas preguntaron
por la cumpleañera. “Ya debe de bajar, se fue a retocar un poco. Ah, miren, ya
viene”, respondió con una sonrisa.
La vista de Maya se dirigió
a la escalera, de donde desfilaba Gisela. En la escuela apenas la había
observado con muy poco maquillaje, pero lo que presenció, no encontró cabida en
sus vocablos. Su disfraz era de Daphne de Scooby Apocalypse, para hacer
juego con Yan. Se suponía que debía dar un aspecto duro y letal, pero no era el
caso. El delineado de sus ojos los hacía resaltar aún más. Su cabellera de un
rojo llameante le caía en cascada y enmarcaba su rostro, que hacía juego con el
color de sus labios. La imagen de una modelo, lista para ser plasmada para la
posteridad en óleo, cruzó por la mente de la estupefacta. Contuvo el aliento
mientras la cumpleañera se desplazaba hasta ellas y solo pudo concentrarse en
su cara, que en conjunto le pareció una obra maestra. Le latía el corazón con
tanta fuerza que tuvo que desviar la mirada y encontró a Sam, sin la máscara de
su disfraz en la misma situación, boquiabierta.
Gis
se abalanzó sobre ella, el perfume frutal y lo cálido de su abrazo le inundó
los sentidos a Maya y apenas si pudo reaccionar.
—Cambia esa cara, bonita. La
que ha visto un fantasma soy yo. —Hizo alusión al disfraz de la Llorona.
Después de apapachar a Sam le susurró—: Por favor, Samicita, cierra la boca. No
me vayas a babear las botas —dijo al guiñarle el ojo. La chica enrojeció tanto
que volvió a ponerse la máscara.
—Tu
odisea vampírica tercermundista de volvernos a todas lesbianas… ya me empieza a
hartar —le susurró Zaza a Gisela cuando pasó a su lado.
Por
fin tomaron asiento y antes de empezar a hablar de cualquier cosa, sacaron
varios juegos de mesa para pasar el rato.
—Aún me falta mi invitado
personal. Espero que llegue pronto —comentó con esperanza Gisela. Yan le
aseguró que vendría o lo pagaría caro el lunes.
Maya se sorprendió de ver a
Kira tan sonriente y parlanchina. En varias ocasiones, escuchó que Gis la llamó
“panquecito” como cumplido. «Pues sí es muy dulce», pensó.
Robi
no tardó en llegar y después de un gritito agudo, lo vieron siendo arrastrado a
la mesa por Zaza. Bella insistió en sentarlo junto a ella y él no podía dejar
de mirarla con una cara de bobo. El muchacho lucía un disfraz de Shaggy, para
hacer juego con Yan y Gis. “Le dije que viniera de Scooby, pero no quiso. Al
cabo todos sabemos que él es mi perro”, bromeó Bestia. A pesar del regaño
general, la risa brotó de algunos.
A
media tarde llegó el señor Castillo, quien no se parecía en nada a su hija. Era
un hombre bonachón, desgarbado y pálido que, apenas vio a los invitados, subió
a disfrazarse de la criatura de Frankenstein. Con la facilidad de quienes
trabajan de contratistas, pidió la ayuda de Lucas, quien acababa de llegar
disfrazado de Indiana Jones, para instalar otro televisor en el comedor y
conectó la consola, que Yan había llevado, para que los jóvenes jugaran algo
después de botanear.
Maya
se sorprendió de las facetas de sus amistades que no había visto. En los juegos
de rol oculto, jamás pudo saber la identidad de Kira y ganaba con la maestría
de una actriz de teatro. En todos los de habilidad, Vika no conoció la derrota.
Mila tenía una facilidad para negociar en los juegos de economía y parecía una
máquina imparable de acumular recursos. Vega se sentía pequeña al lado de todos
esos talentos.
Después
de un rato, pusieron el Just Dance para imitar los pasos de los avatares
en pantalla. Yan elegía la canción junto a ella para todos los participantes y
conectaron las bocinas para un sonido envolvente. La Victoriosa siempre salió
avante en el juego, seguido de Lucas cada que compartían canción. Al no
encontrar rival, fue hasta la Llorona para desgarrarle un poco el vestido y
pudiera bailar. Pese a siempre estar cerca del puntaje, nunca pudo superar a la
más hábil del grupo. Mila no paraba de buscar canciones de k-pop. Yan escuchó
con atención sobre esa fascinación y desfilaron nombres de bandas como Shinee,
Super Junior y NU’EST. El apogeo de BTS aún no llegaba a
este lado del charco.
La
cena fueron unas hamburguesas y discada que el señor Castillo preparó con ayuda
de Bestia. Él hacía todos los preparativos desde una mesa y dejaba al padre de
Gis maniobrar el fuego. «Se toma muy en serio eso de que no le gusta sudar»,
pensó Maya.
Mientras transcurría la
velada, algunos de los invitados se disculparon para irse y Gisela fue a
acompañarlos a la puerta. Zaza aprovechó para preguntarle a Rob desde cuándo le
gustaba y por qué. Aunque ella esperaba verle una cara avergonzada, la respuesta
de él fue casi automática. Confesó que desde quinto llamó su atención cuando la
vio en el equipo de voleibol. Él pensaba que Bella era porrista por todos los
ánimos que daba al equipo, pero se quedó boquiabierto cuando la vio jugar.
Además, siempre tenía una bella sonrisa para lucir.
—Solo verla aparecer me
alegra el día —remató.
—Prácticamente es una diosa
del amor griego y, ¿solo te fijas en su sonrisa? —rezongó la Movida y cambió de
tema.
El momento de abrir los regalos llegó y
los invitados que quedaban se reunieron a la mesa. La banda sonora de El
Extraño Mundo de Jack sonaba de fondo mientras Bella y Bestia intentaban
adivinar de quiénes eran los presentes.
—Este
es de Maya —anunció la cumpleañera—. La vi llegar con él.
Rompió
con premura el envoltorio y descubrió unas cremas para manos y cara. Eran del
tipo exacto que ella usaba. Se quedó pasmada un momento.
—Sam
me dijo tu tipo de piel para elegir la crema facial. Y como siempre enmarcas tu
rostro con las manos, pensé también en una de ese tipo. Si no te gustan, tengo
la nota para que las cambies.
Bella
estaba tan atónita por el detalle que no supo qué decir. Fue hasta Maya para
abrazarla. Después de un extenso apapacho solo agregó:
—¡Ay,
bonita! No me lo esperaba. ¡Gracias!
Cuando
Yan abrió el suyo, encontró dos playeras negras con estampados de videojuegos
que a él le gustaban. Sam le había dicho a qué solía jugar él y en una tienda
de la plaza las encontraron.
—Casi
no uso con imágenes, pero estas se ven chidas. ¡Gracias, Princesa! Me van a
servir para compensar la que rompí en nuestra cita…
—¡Uuuy!...
—exclamaron todos.
—¿No
te quedan justas? —preguntó consternada Gis.
Bestia
se levantó para medirlas por encima.
—No,
mira. Extraextragrandes, como las uso. Para así no presumir mis cuadros. —Asintió satisfecho y fue a abrazar a su amiga.
Para
Yan hubo tarjetas de regalo, playeras oscuras, una cartera, varios lentes
negros y un perfume del tipo que él usaba. Gisela recibió la nueva edición del Just
Dance, cuidados para la piel, bufandas, cajas de lápices de colores y unas
libretas adornadas en la portada. Hasta ese momento, muchos no sabían que a
ella le gustaba escribir y colorear, no solo el chisme.
Antes de servir el pastel, los chismorreos
de la escuela fulguraron como velas de fantasía en la mesa del comedor. Ya
habían servido un montón de bocadillos en distintos platos y charolas.
Kira en efecto estudiaba
teatro y lo usaba a diario en su labor. Además, trabajó en la capital del país
en una compañía de artes durante una de sus vacaciones. Zaza había tenido un crush
con David durante primer semestre, pero se pelearon y desde entonces, él había
intentado enmendar las cosas con ella. «Cuánta tenacidad», pensó Maya.
—Eso es muy embarazoso, pero
no tanto como lo que le pasó a Mila hace dos años… literalmente —comentó la
Movida.
La chica aceptó que había
tenido un embarazo psicológico y que estuvo preocupada de verdad. Cuando el
muchacho fue a hacerse pruebas, se dieron cuenta que era estéril de nacimiento.
—No me culpen, era buen
chico, muy bueno. En todo. Una cosa llevó a la otra y pasaron cositas —explicó
la Amada con una sonrisa pícara
Eso
era totalmente inesperado para Vega. Se sonrojó un poco y se abstuvo de
indagar, pero las demás asediaron con preguntas subidas de tono. Cuando tocó el
turno de Vika, Zaza remarcó que nunca había tenido un novio formal.
—¿Y esperas que tome en
serio a alguno de esos cabrones de la escuela? O son debiluchos o son culeros
—respondió tajante. Gis le lanzó una mirada llena de intención y no parpadeó
hasta que su amiga cedió—. Sí hay alguien, es buen muchacho. Y hasta hace poco
me di cuenta, ¡pero nada más!
Todos se abstuvieron de
mirar a Lucas, quien no tenía ni idea y se le ocurrió preguntar de quién
hablaba. Las risas contenidas hicieron vibrar la mesa.
En
cuanto a Sam, admitió que era muy enamoradiza. Sentía una devoción por un chico
de su comunidad gamer que siempre era atento con ella. Habló de él como
si fuera el protagonista de un juego de aventuras.
—Y yo pensé que estabas
encaprichada con Gisela. Siempre te azota con sus encantos. Siempre, siempre
—aclaró Mila. La muchacha no supo qué contestar. Simplemente dijo que no podía
dejar de admirarla.
—Admitamos que solo Bella
tiene ese nivel de belleza. De entre todas estas ninfas, ella es la que más
destaca. Si no hubiera sido Luna, estoy segura de que Gis sí hubiera hecho
curiosear a Maya —remató Zaza.
Ahora
el foco estaba en ella. Se sintió abochornada un momento, pero la primera
pregunta de Mila sobre su ex, le bajó las defensas con su ternura:
—¿Te trataba bien?
La respuesta fue sincera, sí
era una buena novia. Relató cómo se conocieron por el deporte, que Luna tuvo la
iniciativa y que un día le sostuvo las manos y se le declaró. Al no saber qué
contestar, se fue temprano de la práctica y la duda no hizo más que agobiarla
toda la noche. Cosas sencillas de su noviazgo salieron a la luz; desde cómo se
ocultaban hasta cada cuánto se veían. El hecho de que de fondo sonara una
melodía nostálgica ayudó a que todo fluyera mejor.
—¿Y
solo cortaron porque ella se iba? —soltó Kira de la nada.
—Pues
dijo que se tenía que mudar a California, pero no le gustaban las relaciones a
distancia. Decidimos cortar por lo sano. —Suspiró mientras jugaba con el plato
de botanas que tenía al frente—. No extraño el noviazgo, pero sí compartir
cosas con ella. Eso era lo mejor.
El
silencio inundó el amplio comedor. Yan sonrió para sí. La mamá de Gisela
también estaba presente e hizo como que acomodaba cosas en la alacena. El papá
estaba afuera, limpiando al asador y guardando la comida.
—Pero
lo que me interesa a mí saber —habló Vika de la nada—, es si Yan se madreó o no
al Sebos. Y si lo hizo, ¿quién le ayudó? ¡Yo digo que fue Lucas!
Ambos
muchachos intercambiaron miradas y tanto Sam como Robi se estremecieron en sus
lugares. Lucas fue quien habló.
—Si
hubiera tenido la oportunidad, yo mismo lo hubiera puesto una putiza. Pero no
fue así —se calló de golpe.
Todos
voltearon a ver a Yan.
—Si
alguien pregunta, digan que sí, que yo me lo madreé de un solo golpe
—fanfarroneó—. Que a pesar de lo torote que estaba, no me duró nada.
—¿Alguien
quiere pastel? —ofreció de golpe la madre de Gis.
Después de cantar las mañanitas, tocó el
ritual de soplar velas y pedir un deseo. “¿El mismo de cada año?”, preguntó Gis
y Yan asintió con una sonrisa. La velada transcurría con normalidad tras el
pastel y las gelatinas. Después de que pasaran por David y diera su abrazo de
despedida, llegó la madre de Bella con unas botellas de distintos licores.
—A
ver, chicas… y grandotes. Lo prometido es deuda. Voy a dejar que tomen, pero
solo a los mayores de edad, ¿va? Maya y Mila, a ustedes les falta poco,
disculpen.
—¿Kira
ya también tiene dieciocho? —preguntó Sam.
—Nuestra
monarca es la más madura aquí. Cumple el mismo día que sus muñecas —aclaró
Zaza.
—Tomen
sus copas, por favor. No se vayan a pasar, ¿eh? Es solo para festejar. Yan,
estás en régimen, sí me acuerdo.
—No
te preocupes, mamá. Todo con medida —prometió Gisela.
Y
la promesa y la sobriedad pronto quedaron en el olvido.
La botana y el karaoke iban de la mano.
Mila interpretó con una voz angelical algunas baladas y Maya no se quedó atrás.
Cuando llegaron a las canciones de despecho, Kira y Sam pusieron el alma en
ello. Lucas y Yan hicieron un dueto de Pimpinela que sacó risas a todos. Sin
embargo, cuando llegó el turno de la cumpleañera, su actuación quedó muy a la
par de Christina Aguilera con Pero Me Acuerdo de Ti. Y después de varias
copas más, empezó a bailar mientras cantaba. Desgañitar, gruñir y soltar
falsetes se volvieron parte de su espectáculo.
La
ebriedad llegó a tal punto que Sam y Yan tuvieron que llevarla a un sofá para
que se reclinara un momento. Se quedaron junto a ella mientras le daban de
beber agua.
—Todo
un show, ¿verdad? —preguntó Kira con una margarita en la mano.
—Me
tomó por sorpresa, pero fue divertido y no hubo accidentes —sentenció Maya.
Como
si lo hubieran planeado, todos empezaron a hablar de sus proyecciones a futuro.
Para nadie era sorpresa que Kira quisiera ser maestra algún día. Zaza admitió
que uno de sus planes era maquillar de forma profesional. Vika y Lucas querían
dedicarse al deporte, cada uno con aspiraciones diferentes. Mila y su futuro no
habían encontrado común acuerdo, pero de momento le gustaba ayudar en el
negocio familiar. Para Maya, lo único que tenía en mente era ir a una
universidad en Italia, pero aún no elegía alguna en concreto. Le preocupaban el
dinero o las influencias que necesitaría. La Reina iba a decirle algo cuando la
estridente voz de Bella estalló al otro lado de la habitación.
—¿Cómo
que te vas a Canadá, cabrón? ¿Así nada más?
Ella
estaba apoyada de rodillas en los colchones del sillón, alcanzando la altura de
Yan, quien solo alzaba las manos a la defensiva.
—Dije
que lo estaba pensando, no es que realmente…
—Te
vas… ¿Y vas a dejar a tu mamá, a tus amigos…? ¿¡a mí!?
—Aún
no lo decido, Gisela, cálmate.
—Nada
de “Gisela”, ¡carajo! Soy Bella para ti ahorita. ¿Cómo que te vas solo?
—remarcó—. Estamos juntos desde los pinches cuatro años. ¡Eres mi hermano!
—A
ver… tampoco pensabas quedarte aquí. Te ibas para Chicago, ¿no? Sabes que el
pueblo nos queda muy chico a todos, sobre todo a…
—¿¡A
quién!? ¿A Kira, a Zaza? ¿Es por Maya? Todos sabemos eso, pero no lo tomes de
excusa, ¡infeliz egoísta! Si eso es lo que te preocupa, yo misma me encargo de
que ella vaya a la uni que quiera.
—Bella,
ya sabes que el dire…
—El
director me vale una mierda. Escúchame, lo juro por mí, Gisela Castillo
Mendoza, que a todos los voy a colocar donde se lo merecen. ¿Está claro? —Puso
una mano sobre su pecho para remarcarlo.
—Sí,
me queda claro.
—Si
te vas con alguien más, no pasa nada. Si te quieres ir conmigo, está la
Universidad de Chicago. ¡Pero no me digas que te vas solo!
—Ya,
ya —repuso de mala gana.
—¡Júralo!
Jura que no me vas a dejar sola por tu egoísmo de mierda.
—Juro
por mi buen nombre que estaré contigo cuanto pueda —aseguró con la mano
alzada—. ¿Contenta?
Maya
sintió que la temperatura de la habitación había bajado algunos grados. Su
respiración estuvo contenida mientras Bella se alzaba sobre Bestia, con una
mirada cargada de ira y de tristeza por igual. Jamás la había escuchado con ese
lenguaje. Al cabo de unos instantes, la festejada asintió para sí. Al
levantarse del sillón, se disculpó para ir al baño mientras se limpiaba las
lágrimas.
—No
me esperaba esta escena —dijo Kira y se levantó de su lugar para ir al lado de
Yan.
—Ay,
Maya, —exclamó Zaza con tono dramático— ni me imaginaba que tuvieras que
presenciar esto. Tal vez sea incómodo de ver que…
—Está
bien, lo entiendo. Tienen casi catorce años juntos. No quiere que su hermano
esté solo, yo creo…
Un
golpe en la lejanía los alertó a todos y solo se escuchó la voz de Bella desde
el baño. Decía que no podía levantarse mientras se reía.
—Yan,
con la pena y todo, ¿puedes por favor ir por ella? Mi viejo salió a…
—No
hay que molestar al cumpleañero, señora. Yo voy por ella —ofreció Kira.
Apareció
con la pelirroja haciendo carga de bombero sin esfuerzo aparente.
—¿La
puedes llevar a su habitación? Creo que es mejor que descanse.
—Yo
creo que sí, mamá. Me siento cansada…
—¿No
te pesa mucho, Reina? —preguntó la señora—. Mi hija ha subido de peso desde
que…
—¡¡Mamá!!
—Es
que casi todo es músculo, señora, por el volei. Sí puedo con ella sin
problemas.
Mientras
subían las tres, Gisela le palpó una de las extremidades inferiores a Kira. Un
gritito de asombro salió de la cargada.
—¡No
mames, Reina! ¡Qué piernón te cargas!
—Mira
quién habla, señorita estrella del equipo. No te muevas, por favor.
Aunque
nadie lo anunciara, la fiesta había llegado a su fin por común acuerdo. Todo
mundo ayudó con la limpieza. Pasaron por Lucas y se despidió de Bestia con un
golpe amistoso en el abdomen. A los pocos minutos y con baladas de rock de
fondo, estaban esperando a que viniera la familia de Maya por ella y por Sam.
Todo el Aquelarre se quedaría en la casa Castillo esa noche. Ya habían empezado
con las historias de terror cuando llamaron a la puerta. El dúo de Llorona y
Shy Guy se despidieron con educación de sus anfitriones y se dirigieron a la
puerta. La Reina sujetó a la primera antes de que saliera.
—Maya,
te quiero pedir un favor —habló muy seria—. ¿Podrías dejar de confrontar a los
profesores? Es decir, solo en lo que llega el licenciado Eric.
—Ah,
claro. Perdona, es que me habían sacado de quicio, pero trataré de no decirles
nada.
El
frío tempestuoso las recibió apenas salieron. La Llorona se ajustó el velo
cuando una segunda persona la retuvo con delicadeza.
—Oye,
quiero agradecerte por el regalo, Princesa. En verdad me gustó mucho.
—No
hay de qué, Yan. De verdad.
—Y
me quería disculpar por la escena de Gis, ella…
—Tranquilo.
No pasó a mayores —ladeó la cabeza con ternura—. Es que eres su hermanote, es
normal que quiera estar contigo.
Maya le dio un golpe
cariñoso a Yan como lo había hecho Lucas y se percató que tenía una pared de
músculos en el abdomen. Contuvo su sorpresa y se despidió con una mano. Al
entrar al auto, su mamá le sonreía con complicidad y su papá observó al
muchacho con fijeza antes de despedirse.
Nunca había disfrutado tanto
una fiesta de la preparatoria, pero tampoco había ido a muchas. Como no le
gustaba beber alcohol, no les veía mucho sentido. Se acomodó en el asiento
trasero mientras se dirigían al hogar. «Kira se veía muy seria, pero no creo
que haya razón para preocuparse», pensó mientras observaba el paisaje nocturno.
Sin embargo, como en cualquier historia de Halloween, la estudiante modelo hacía mal en confiarse demasiado.



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